—Bueno; lo primero es despedir a la chica: aunque no son más que treinta reales, algo es algo. Mañana llevará ésta a empeñar la colcha de Filipinas y los candeleritos de plata.
—Lo que debíamos hacer es suprimir parte del gasto diario—dijo Leo.—Que no traigan carne más que para papá, y con decirle que coma en su cuarto para moverse menos, luego nosotros nos venimos al comedor, y así no se entera.
—Yo, con tres cajetillas a la semana tengo bastante. Además, don Luis me da algunos puros y los guardaré para picarlos. ¿Os han dicho algo de la tienda?
—Si—repuso Leocadia—por cada docena de pañuelos pagan, según el dibujo, de veinticuatro a treinta y seis reales, y tengo yo que poner lo que haga falta.
—En resumen—dijo Pepe haciendo números con un lápiz al margen de La Correspondencia, y murmurando entre dientes las cifras del cálculo—tenemos veintisiete duros de la paga de papá, con diez y ocho de mi sueldo, son cuarenta y cinco, y unos ocho o diez que le den a ésta por los bordados... de cincuenta y tres a cincuenta y cuatro duros al mes: quitando los veinte, lo menos, que hay que dar a la lonja por los plazos, y el pico que falta del sastre, quedarán unos treinta y cuatro duros... pongamos a duro diario para el gasto de la casa... la botica es la que nos pierde.
—Pues hijo, de algún lado hay que sacarlo; ni un cuarto se malgasta... ¿Qué haríamos?
—Ahora, acostarnos; cada cual a su cama. Dejadme a mí: creo que don Luis nos ha de sacar de apuros. Al menos yo he de hacerle un favor que... en fin, ¿quién sabe? Adiós mamá; y tú, fea, cara de mona, hasta mañana.—Y dando un beso a cada una, las echó suavemente del comedor. Cogió luego la candileja que había en la cocina, fue con ella a su cuarto, volvió trayendo sobre un cartapacio grande tintero, plumas, papeles, sobres y tres o cuatro libros, y colocándose lo mejor que pudo, se sentó ante la camilla.
Hasta cerca de la madrugada estuvo tomando apuntes de varios libros, escribiendo en las cuartillas párrafos muy cortitos, como extractos, cifras seguidas de referencias y citas. Aquello parecía trabajo preparado para que lo aprovechara otro. Cuando en el reloj cercano sonaron las tres, el pobre muchacho tenía ya la cabeza pesada, la vista insegura, y su hermoso busto, inclinado aún hacia la mesa, aparecía envuelto en una nube de humo que habían dejado en la atmósfera del cuarto los pitillos consumidos, cuya ceniza, movida por la respiración, revoloteaba sobre las hojas de los libros. Todavía continuó llenando cuartillas un rato, hasta que, yertos los pies y ardorosa la frente, recogió los papeles y los guardó en uno de los volúmenes. En seguida sacó un plieguecillo para una carta, y quedándose un instante como ensimismado, pensó: «La escribiré, por si no nos vemos mañana.» Luego, al buscar los sobres, como hubiese entre ellos uno mayor y más pesado, lo abrió, sacando de él dos o tres cartas y un retrato de mujer, el de la señorita de coche que mentó Leocadia, y contemplándolo un momento, murmuró: «¡Qué bonita es!» En seguida, sin que ningún ruido le distrajese, entregado con alma y vida a sus ideas, tomó el plieguecillo y comenzó a escribir:
«Adorada Paz:...»