Era indudable el engaño: doña Manuela allí debía estar y se negaba, o aquellas gentes, de acuerdo con ella, evitaban que saliera, lo cual indicaba claramente su propósito de pasar la noche sin volver a casa, como había hecho ya una vez.

La resistencia hubiera sido inútil. Por fortuna, Pepe lo comprendió así, y, aunque acibarada el alma, rebosando hiel el pensamiento, resolvió aguantarse. ¿Qué podía hacer? ¿Dejarse llevar por la cólera, promover un escándalo, y tras no conseguir nada ser llevado a la cárcel, si aquellas mujeres requerían el auxilio de las autoridades? ¿Con qué derecho iba a turbar la paz del santo asilo? ¿Por sacar de allí a su madre? Años tenía la buena señora para obrar por su propia cuenta. Sus reflexiones fueron tan amargas como exactas.—«Todo es en balde: armo un alboroto, grito, insulto a estas mujeres, llamo a mi madre... cierran la puerta, mandan venir una pareja... y mi padre se queda solo, sabe Dios hasta cuándo.»

—Está bien, señora—dijo;—pero no es fácil engañarme. ¡Mi madre está ahí dentro! Dígala Vd., de parte de su hijo, que, si quiere, pronto podrá quedarse aquí para siempre.

—Adiós, señor—repuso secamente la del hábito.

Salió Pepe al corredor que comunicaba con el zaguán, y al atravesar el cruce de dos pasillos vio claridad de luz artificial en una puerta entornada: atraídos sus ojos por el resplandor, miró, y tras aquella puerta vio a su madre, que estaba espiando su salida. Sin poderse contener, avanzó para entrar; mas cerraron por dentro, y al cerrar, la falda de doña Manuela quedó presa entre las hojas de la puerta: ella entonces tiró con violencia del vestido, y en seguida se oyeron pasos como de cuerpo viejo que huía trabajosamente.

—¡Mamá! ¡Mamá!

Su voz robusta pareció grito de niño abandonado.

Oyose un violento portazo, dado ya en habitación lejana, y aquella horrible respuesta resonó en sus oídos más triste que caer de tierra sobre féretro.

Un instante después estaba fuera: el portón de las Hijas de la Salve giró sin ruido sobre sus goznes; Pepe permaneció unos instantes junto a la misma entrada del convento, inmóvil, vencido del dolor, queriendo y sin poder llorar... Anduvo unos cuantos pasos... Miraba y no veía lo que tenía delante... El eco del portazo no se apagaba nunca en sus oídos. De pronto, acordándose de su padre, apretó el paso, y de allí a poco se internó en las calles de Madrid.

XXIX