—¿A qué hora lo hacemos?
—El sábado por la mañana iré yo a despedirme de Paz. ¡Me cuesta un trabajo!..... Casi me dan ganas de escribirla, y nada más. Luego, por la tarde, a la hora que quieras. ¿No me dijiste el otro día que conocías un médico de la casa de socorro? Como papá no puede ir por su pie, y el encajonarle en un simón sería incómodo porque no podría llevar las piernas extendidas... si lograses que nos dejaran una camilla...
—Cuenta con ella. ¿Tienes seguridad de estar libre a la hora que convengamos?
—Sí: la recomendación que me procuraste para el coronel lo allana todo: me ha dicho esta tarde que basta con que esté desde temprano a su lado el día de la marcha, es decir, el domingo.
—Pues, chico, no hay más que hablar, y paciencia.
—¿Crees que no debo intentar ver a mi madre? ¿No piensas que se ablandaría si yo la hablase?
—No te dejarían; y además, te conozco. Vas allí, armas una marimorena horrorosa, y nos echamos encima otra complicación.
—Quizá tengas razón.
—Respecto a don José, puedes estar tranquilo: aquella le cuidará bien, y yo... vamos, me parece una tontería hacer promesas.
—Vámonos; quiero pasar las noches que faltan con mi padre.