—Señorita, ¡por Dios! pero ¿qué es esto?
Había ya desaparecido Pepe por lo alto de la calle de la Pasión, y aún continuaba Engracia en el balcón, volviéndose algunas veces a mirar a don José. El niño, agitando las manitas, gritaba Pepé, Pepé, y aquellos gritos, que Paz oyó clara y distintamente, por lo corto de la distancia que les separaba, la destrozaron el corazón. Engracia, tranquila y con la sonrisa en los labios, seguía levantando el niño, sin señal de tristeza, como era natural que estuviese, no siendo pariente ni amante suyo el que se iba.
—Vámonos—dijo Paz de pronto, con la voz ahogada por un sollozo; y dirigiéndose de nuevo hacia arriba, tomó la vuelta a San Isidro.
Al entrar en la calle del Cuervo, vio a Tirso parado ante el escaparate de una cerería: iba de paisano, y sólo le reconoció al escuchar su voz.
—Estaba seguro—la dijo tristemente—de que vendría Vd.
—¡Era verdad! No había Vd. mentido.
—Adiós, señorita. El Señor la cure de ese amor, indigno de Vd. La misericordia de Dios es inagotable.
Paz, con el alma acibarada por el despecho, y doña Martina, confusa y asombrada, llegaron a San Isidro, subiendo al coche sin entrar en la iglesia.
—Es hermosa—dijo maquinalmente Paz, a quien hostigaba el pensamiento la belleza de Engracia.
—Sí, pero ordinaria.