Una tarde vio Pepe entrar en la biblioteca del Senado un caballero como de cincuenta años, alto, canoso, con el rostro enteramente afeitado y de aspecto excesivamente limpio, que dirigiéndose al principal encargado, le dijo:
—Vengo a pedir a Vd. un favor. ¿Podrá Vd. recomendarme uno de estos muchachos que tiene Vd. aquí, a sus órdenes, para que venga unas cuantas mañanas a mi casa y me ayude a poner en orden mi librería? Me han hecho los estantes nuevos, y hay que trasladar los libros de sitio. Un chico juicioso, ¿eh?
—¿Oye Vd. esto?—preguntó el jefe a Pepe, y dirigiéndose al caballero, añadió.—Nadie más a propósito: su formalidad y su ilustración le servirán a Vd. mucho. Casi es abogado...
El que hizo la petición miró a Pepe, y con la autoridad que le daban sus años, le habló así:
—Vamos a ver, joven. A un muchacho, aunque no lo necesite, nunca le viene mal un puñadillo de duros. ¿Ha oído Vd. lo que hemos hablado? ¿Quiere Vd. venir a mi casa unas cuantas mañanas?
—Sí señor, y haré lo posible por complacerle.
—Bueno, pues cuento con Vd. ¿Cuándo empezaremos? porque yo lo tengo allí todo revuelto.
—Cuando Vd. quiera.
—Mañana mismo. Le espero por la mañana a las once.
Cuando se hubo marchado, Pepe dio las gracias al bibliotecario y le preguntó quién era aquel señor.