Durante toda la mañana se estaba renovando aquel público, femenino en su mayoría, y la puerta seguía tragando mujeres para arrojarlas luego a la calle pasados veinte o treinta minutos, al cabo de los cuales se las veía salir abriendo sombrillas o desplegando abanicos, porque la luz del sol las ofendía, acostumbrada ya su retina a la oscuridad de la sagrada cueva.

También entraban algunos hombres; pero el mayor número de ellos permanecía en los jardinillos formando corros, comentando noticias del día acabadas de leer en los periódicos que los vendedores voceaban en torno suyo con los últimos partes del Norte. Hacia la calle de Alcalá se oía el cascabeleo de los ómnibus que iban al apartado de los toros, y andando despacito por el paseo, inundado de sol, venía el borriquillo con sus serones llenos de macetas, escuchándose gritar de rato en rato al mocetón que lo guiaba: el tieestóo de claaveles doobles... Quien se acercase a los corros podía oír fragmentos de conversaciones y notar, tal vez, que algunos de los que hasta allí acompañaron a su mujer o su hija defendían las ideas del siglo con palabras impregnadas de impiedad moderna.

—Las partidas van en aumento.

—Dicen que el Rey se marcha al ejército del Norte.

—Si esto no se sostiene, vamos derechos a Don Carlos.

—Pues crea Vd. que el fanatismo religioso nos envilece ante la Europa culta.

—Yo a quienes tengo miedo es a los republicanos. Vamos derechos a un noventa y tres espantoso.

—Todas las malas pasiones se han abierto camino.

—¡Hasta que se forme una liga de los que tienen que perder!

—¡Cada día un meeting! Estoy de manifestaciones pacíficas hasta por cima de los pelos.