Pepe examinó la cartulina, adornada con flores y amorcitos, que le presentaba el chico, y vio el letrero que traía hecho con los tipos más escojidos de la casa.
«A Isabel Gorillo, en sus días.» (Esto en un gótico muy complicado), y luego, debajo: «Por José Maldonadas.» (Aquí las letras eran de mucho ringorrango.)
—Y esta Isabel, ¿quién es?
—La hija de mi amo. (Pateta continuaba llamando amo a su protector.)
—¿La de las viruelas?
—Sí, señor; pero no le ha quedao señal. Tié la cara que da gloria.
—¿Y sabe tu amo?...
—Saberlo... no sé; porque yo no he dicho esta boca es mía. Como tién dinero, no quiero que crean... ¿entiende Vd.? Pero ya se lo malician; porque yo, ni a los novillos voy, aunque me sobren los cuartos, con tal de estarme en la trastienda hablando con ella.
—Bueno, hombre, bueno; anda, guarda eso o déjalo aquí, y a última hora que te diga el señor Ramón lo que debes hacer, y acábalo limpito.
Este pequeño servicio que Pepe prestó a Pateta, se lo pagó él con creces. Si llovía de pronto, ya estaba el muchacho corriendo a la calle de Botoneras a buscarle el paraguas: si había que ir al estanco por tabaco, volvía en un decir Jesús; para traerle café de uno que había cerca de la imprenta, nadie andaba más ligero, y si la cafetera venía fría, la arrimaba a la máquina de vapor, sin lamer la media tostada o escamotear azúcar, como hacían otros.