El primer efecto de la enseñanza religiosa fue hacerle comprender que su porvenir correspondería a las esperanzas que abrigó viendo y envidiando a los que frecuentaban la casa de su protector. Las lecciones de sus maestros y los libros que le pusieron en las manos, le dijeron que la misión del sacerdote era superior a cuanto podía imaginar su ambición.

El más ilustre de los profetas, el precursor San Juan, tuvo la dicha de poner una vez las manos sobre la cabeza de Cristo: él, como sacerdote, le tendría todos los días en las suyas, y le consagraría con sus palabras. Los ángeles están continuamente cerca de Dios; pero ¿qué ángel posee, como él había de gozarlo, el poder de perdonar los pecados? En las entrañas de la Virgen encarnó el Verbo, pero una sola vez: en sus manos de sacerdote, por virtud de frases salidas de sus labios, encarnaría el Verbo todos los días, y no en forma mortal, como le concibió María de Nazareth, sino impasible, inmortal, glorioso, como está en los cielos. ¿Qué poder ni dignidad había igual al suyo?

Dos rasgos distintos de su personalidad comenzaron a desarrollarse en él durante esta época de su vida, mientras fue estudiante en el Seminario. Su inteligencia, tardía en comprender, se acostumbró a admitir lo que le daban pensado, como preferible al trabajo de pensar por cuenta propia; y la facilidad con que pudo seguir la carrera por aquella protección que se le dispensaba, le hizo poco humilde.

No fue cura de los de carrera breve, que sólo estudian rudimentos de latín, filosofía mermada y algo de moral jesuítica, sino que siguió la carrera lata, empapándose de Teodicea, Patrología, Hermenéutica, Derecho Canónico y Disciplina Eclesiástica, hasta el doctorado en Teología, en todo lo cual trascurrieron ocho años, al cabo de los que se ordenó de menores.

¡Día feliz aquél en que la simple tonsura le hizo soldado de la milicia de Cristo! Mas esta dicha no brotó en su alma al calor de la fe, ni se esperanzó su buen deseo con lo que podría hacer manejando las divinas armas que le serían concedidas, sino que nació del contacto producido por la docilidad con que acogió las palabras que tantas veces había escuchado prometiéndole, en cuanto fuese sacerdote, la supremacía sobre los otros hombres. El sacerdote es embajador que habla en nombre de Dios, y despreciarle es injuriar a quien le envía, le dijeron, tomándolo de San Juan Crisóstomo, repitiéndole esta y otras frases análogas hasta la saciedad, para empaparle de la alteza de su misión, como hacían los oráculos paganos con aquellos a quienes aspiraban someter a su servicio. Las órdenes menores de portero, lector, exorcista y acólito le parecieron llenas de encanto, por la suma de dignidades que indicaban y por las que anunciaban. ¡Ser portero de la casa de Dios! ¡Leer al pueblo la divina palabra! ¡Lanzar al enemigo malo fuera del cuerpo en que hace presa! ¡Poder acercarse al Sancta Sanctorum! ¡Qué grandiosos y envidiables privilegios!

Llegó por fin el día de recibir las órdenes mayores. La Iglesia, dirigiéndose a los que le presentaban y aludiendo a él y sus compañeros, preguntó si eran dignos (¿scis illos dignos esse?): luego le impuso varios días de retiro y ejercicios, y después ungió y santificó sus manos, poniendo en ellas la patena y el cáliz al par que, con asombro de los ángeles, pronunciaba el Prelado solemnemente estas palabras: Accipe potestatem offerre sacrificium Deo, Misasque celebrare, tam pro vivis quam pro defunctis, in nomine Domini, Amén: y en seguida colocó las manos sobre su cabeza diciendo: Accipe Spiritum Sanctum, quorum remiseris peccata, remittuntur eis; et quorum retinueris, retenta sunt.

El gusano nacido de la fiebre pecadora, el fruto del amor profano, el hijo de la pasión carnal, fue súbitamente redimido de impureza y elevado a una dignidad mayor que la de los reyes, revestido con poder análogo al de Dios, como decían los libros en que le hicieron estudiar. Ya era sacerdote; ya podía intervenir en la parte más noble del gobierno de los hombres, en el cuidado del alma. Mas buscar en el fecundo seno de la Naturaleza las causas de las cosas, le dijeron que era revolver impurezas de la materia; bucear en la conciencia para iluminar su razón con la Verdad, lo tacharon de impío; leer la vida de los pueblos, lo motejaron de trabajo estéril, porque el dedo de la Providencia traza los destinos del hombre; escuchar los latidos de su corazón, le advirtieron que era rendirse al deleite, y contra el amor pusieron en sus labios, pervertidas y desvirtuadas, las palabras de Cristo a su madre: ¿Qué tengo yo contigo, mujer?

Don Tadeo, lejos de dejarle abandonado a sus propias fuerzas, le proporcionó curato; y Tirso, después de su primera misa en la capital de la provincia, que dio ocasión a una fiesta que fue un recuento de fuerzas realistas, marchó a vivir a un pueblo, mejor dicho, valle, entre cuyas ásperas desigualdades estaba esparcido el caserío de miserables viviendas y pobres gentes, sobre quienes debía comenzar a ejercer su santo ministerio. Entonces se consagró por entero a las necesidades de su estado: las misas, bautizos, bodas, confesiones y entierros; la predicación, y el tomar parte a veces en los juegos de sus feligreses, fueron sus principales ocupaciones. Los pocos libros que llevó a su retiro acabaron por servir de peana a una imagen encerrada en una urna: el estudio se le hizo enojoso. A los cuatro meses, su única lectura era la de un periódico católico absolutista recomendado por el obispo de la diócesis: la Teología, las Sagradas Escrituras, los Santos Padres, cuanto representaba labor intelectual, quedó olvidado, surgiendo en su lugar otro género de motivos de actividad para el pensamiento, y sustituyendo distinto linaje de devoción a la contemplación seria de los misterios y los dogmas.

Antes, aunque poco, se preocupó algo de si la religión natural, que excluye toda revelación, basta al hombre para salvarse; de si por la experiencia de los sentidos o por medio de la conciencia puede llegarse, como por la fe, al conocimiento de Dios; de si el método demostrativo es mejor que el hipotético y analítico: pero muy luego tales impulsos se aquietaron, y como si aquella vida campestre influyera en él, sobreponiendo lo material a lo ideal, cayó en una devoción ramplona, y su pensamiento, sin tender a espaciarse, quedó encerrado en infranqueables lindes. Los primeros sermones que pronunció fueron de hombre que ha comenzado a estudiar: al cabo de un año, la santificación de las fiestas, la Inmaculada Concepción, los carceleros del Papa, los milagros modernos, las impiedades del matrimonio civil, la infamia llamada libertad de cultos, fueron sus temas favoritos; y los campesinos, que al principio no le entendían, empezaron a entusiasmarse con su palabra, de la que no fue avaro, sino que la prodigó, experimentando algo semejante al orgullo de la misión cumplida. Cuando desde lo alto del púlpito miraba congregado el rebaño de fieles que le oía con devoto silencio, imaginaba estar realizando el más alto y noble de los destinos humanos.

En su conducta nada había censurable. Llenaba con tanto celo su deber, que apenas, muy de tarde en tarde, escribía una carta, sobria y breve, a sus padres, ya habituados a aquel alejamiento, como padres de hijo marino que navega al otro lado del mundo. Su vida era reposada, monótona, sin emociones que le agitaran ni cavilaciones que le desvelasen; existencia plácida, quizá egoísta, de una tranquilidad análoga al silencio del campo.