Tirso, imperturbable, se detuvo un momento a leer un cartel de fiestas religiosas, y luego contestó con severa y pausada entonación:

—Lo primero, es lo primero.

Desde allí anduvieron deprisa, pero yendo siempre Tirso con retraso de un par de pasos.

«Vaya—pensaba Pepe—este es cura hasta los tuétanos.»

En uno de los balcones del piso segundo de su casa de la calle de Botoneras estaban esperándoles doña Manuela, Leocadia, y tras ellas, hundido en una butaca sin poder incorporarse, por la debilidad de las piernas, don José, que a cada minuto preguntaba:

—¿No vienen? ¿No les veis?

Al fin desembocaron los dos hermanos por el arco de la Plaza Mayor.

—¡Allí están!—gritó Leocadia y, dirigiéndose hacia la puerta, bajó la escalera rápidamente hasta el portal, donde abrazó a Tirso, mientras Pepe decía:

—Ya le tenemos aquí: vamos, vamos arriba.

Doña Manuela les recibió con los brazos abiertos en el descansillo del principal; y como don José se hubiese quedado solo, con las puertas abiertas, se le oía gritar, alterada la voz: