—Benedice Domine nos, et hec tua dona quæ de tua largitate sumus sumpturi...
Ninguno respondió a la oración. Todos, entre sorprendidos y contrariados, guardaron silencio unos instantes: doña Manuela fue la única que, no por hipocresía, sino por docilidad, movió los labios, como si rezara en voz baja. El primero que se atrevió a hablar, fue Pepe:
—A ver, chico, a qué te sabe el pan de tu casa.
—Lo que da el Señor, es bueno, donde quiera que lo dé.
Pepe añadió:
—Menos las enfermedades, escaseces, disgustos y otros obsequios...
—Con todo lo cual se prueba el temple del alma y se depura la virtud. La desgracia es el crisol de la fe.
—Y pasa uno la vida que es un gozo: aunque yo creo que eso de someternos a pruebas es calumnia que levantáis al Ser Supremo.
—¡Ah! ¿Llamas a Dios el Ser Supremo? ¿Eres libre pensador?
—¡Quién sabe lo que uno es? Pero como no me gusta la comedia que estamos representando aquí bajo, chicheo en algunas escenas.