Bajaron lentamente las escaleras del atrio, esperó Tirso a la puerta de la botica y, al ver salir a su madre con un frasquito en la mano, dijo:
—¡Tanto esmero, tanta solicitud para buscar remedio a los males del cuerpo, que no importan nada, y ni un pensamiento para la salud del alma! Acuérdese Vd. de lo que acabamos de hablar.
En seguida se separó de ella, dejándola confusa y asustada, como mujer a quien acaban de sorprender cometiendo un delito. El pecado, la condenación, la impiedad, habían sonado en sus oídos a modo de palabras vacías de sentido; las amonestaciones de un Bossuet no hubiesen ejercido en ella más imperio. Lo que la dejó amilanada fue la amenaza de hablar a su marido y a Pepe, segura de que la menor reconvención de Tirso provocaría una escena agria, quizá un rompimiento y un disgusto gravísimo. ¿Qué podía hacer ella para evitarlo? Nada. Sentía impulsos de contarlo todo al llegar a casa; pero, ¿y luego? Don José tal vez cediese en algo, por agradar al hijo de cuya presencia vivió privado tantos años; más, ¿qué haría Pepe viendo que sus mimos, sus cuidados, sus trabajos por evitar toda desazón a su padre quedaban esterilizados con la ingerencia de Tirso en la vida de la casa? No era doña Manuela capaz de analizar el conflicto, ni su voluntad fuerte para arrostrarlo. La poca energía de su alma la aplicó toda a entrar en casa con los ojos secos.
Llegado el domingo, Tirso salió muy de mañana; Leocadia, después de disponer los desayunos, ayudó a levantar a su padre y, cuando tuvo que sentarle en la butaca, llamó a Pepe, que se estaba vistiendo para ir a ver a Paz.
—¡Pepe, Pepe!—gritaba desde la alcoba de don José—ven, que sola no puedo poner a papá en el sillón.
Acudió él en mangas de camisa, besó a su padre, que esperaba apoyado en el borde de la cama y, levantándole vigorosamente, le acomodó en la butaca: entre él y Leocadia le empujaron luego hasta el comedor, y le sirvieron el chocolate con buñuelos, que todos los domingos tempranito llevaba Pateta de casa de su protector.
Cuando Pepe fue a concluir de vestirse, preguntó a su hermana:
—¿Y mamá?
—En misa.
—¿En misa?—repitió Pepe, sorprendido, pero sin mostrar enfado.