—La cena es la que viene ahora—dijo doña Manuela, entrando con una cazuela entre las manos.

En un papel de cigarrillo pudo haberse hecho el menú de aquella pobre gente: el clásico besugo, ensalada de lombarda, leche de almendra y los postres traídos por Pepe; no había más. La botella de Rueda estaba destinada a don José, que daría un par de copas a Millán. Los demás acordaron decir que el vino blanco les irritaba mucho. De allí a poco no quedó del besugo sino la raspa; de la ensalada, ni una hoja.

—Vaya a la salud de esas piernas—decía Millán, apurando un trago y mirando de reojo a Leocadia.

—¡No volverán a correr como corrieron!

—Todo vuelve, don José, todo; ya ve Vd., hasta los carlistas.

Doña Manuela, picada de no haber escuchado todavía un elogio para su guiso, comenzó a tronar contra la política.

—No sabéis hablar de otra cosa. Pues dejarles que vengan. Peores que estos que mandan ahora no serán.

—Calla, mujer. ¡Tú que sabes! Sería un horror. Vosotros—añadió el viejo, dirigiéndose a los muchachos—no tenéis idea de lo que hicieron la otra vez. Siete años duró; la gente no podía salir de las ciudades, fusilaban hasta niños y mujeres... Sería una vergüenza... ahora que el ejército está bien armado y mejor vestido. En la otra guerra se batieron con fusiles de pistón y hasta de chispa, y llevaban en invierno pantalones de hilo.

Leocadia se levantó para ir a buscar la leche de almendras, y volvió en seguida trayendo la sopera.

—Y todo eso en defensa de la religión—dijo Millán en tono de burla.