—¿Por qué dices eso?
—Cálmate, hija, cálmate; no quiero decir, ¡Dios me libre! que ese joven no te estime: lo que me choca, es que tú le quieras a él.
—¡Ya lo creo que me quiere!
—No parece de mala índole; pero le sucede lo que a tu hermano: debe estar plagadito de las ideas de ahora y ser de esos que no creen ni en la luz del día. Listo, sí será; ¡lástima que tenga oficio tan feo!
—El de su padre... Empezó a estudiar para abogado; pero luego le sucedió lo mismo que a Pepe.
La palabra oficio sonó en los oídos de Leocadia como Tirso había previsto.
—Tendrá que estar siempre metido entre gente ordinaria, trabajadores y jornaleros: luego le afinarás tú... aunque mala tarea es.
—Pero, ¿imaginas que Millán es mozo de cuerda o sereno?—repuso ella, riéndose forzadamente.—Te equivocas: es un muchacho decente, igual a Pepe, que tiene que vivir así, trabajando, como Pepe.
—No, hija, como Pepe, no: nuestro hermano es hijo de un funcionario público; el padre de ese joven, si no he oído mal, era cajista, jornalero.
—Impresor.