—¿A qué decirte lo que te has de resistir a entender? Sólo te pido que te abstengas de explicar a Leocadia, como vosotros soléis hacerlo, ideas y conceptos de que no se debe hablar a las muchachas.
—Vamos, ya encontraste pretexto para contrarrestar la obra de santa perfección que he emprendido.
—Aquí no hacía falta santidad alguna: ¿qué mayor perfección que la tranquilidad y la paz?
—¿Luego confiesas?...
—No confieso nada: hago una advertencia. A ciertos actos de devoción, tontos pero inofensivos, no he de oponerme. Ya que me obligas a ello, te lo diré: me parecen simplezas; lo que no me acomoda, es que señales y repitas a la muchacha esa claridad y desnudez con que algunos de vuestros libros abren los ojos a quien los tiene cerrados, ensuciando la inocencia y despertando ideas torpes en quien jamás las tuvo.
—¡Cuánta ceguedad! A los enseres de la casa cuidadosamente quitáis el polvo cada día: al alma dejáis que críe podre.
—No me vengas con frases de beato melancólico, ni me obligues a burlas, que callo sólo por consideración a tí. Imita mi prudencia y no motives escenas que nos den a todos que sentir.
—¡No me provoques! ¿Acaso conoces mis propósitos?
—Faltas a la verdad. No te provoco, pero no te perderé de vista. He seguido paso a paso tus manejos, y nada te he dicho; has comenzado a sorber el seso a mamá, y he callado: ahora te declaro francamente que no consentiré que, por adorar a Dios y sus santos, se olvide el cuidado de mi padre, y que no te dejo hacer a Leo esas repugnantes descripciones del vicio que encienden impureza en quien vive libre de ella. Háblala del cielo cuanto quieras; pero no te obstines en preparar su ánimo a combatir pecados que no conoce, porque no es cuerdo aplicar remedio donde no hay enfermedad: y, sobre todo, por lo que más quieras en el mundo, no turbes la paz de la casa; no vayas a hacer aquí, en pequeño, el papel de esos curas extraviados que andan moviendo guerra en el campo.
—¡Lo que hacen es perseguir a los enemigos de la religión!