Había por entonces en Madrid un señorito rico, aunque no tanto como Pepe, que rivalizaba con él en aquella estúpida vida de ostentación y vanagloria: me había requebrado con frecuencia, estaba segura de que en cuanto yo quisiera, por gusto de humillar a mi amante le tendría a mis pies. Le llamé, le puse por condición que nos fuésemos a viajar, que me llevase a París, y nos entendimos; por su parte me exigió que permaneciésemos en Madrid ocho días y que durante ellos no pusiera Pepe los pies en mi casa.
Lo prometí formalmente y aquella misma tarde comencé a cumplir mi compromiso. Escribí al vizconde, que como usted puede figurarse, para mí ya no era más que el hijo de don Ulpiano, rompiendo resueltamente. Ningún lazo nos unía; no ignoraba lo que yo era; a nada tenía derecho; harto hacía con avisarle. Fue a verme y no le recibí: volvió tres o cuatro veces y lo mismo; no hubo modo de que yo cediese.
Aquello se supo por el todo Madrid que se preocupa de estas cosas y la ira de Pepe no tuvo límites. El desvío, la infidelidad, el abandono de una mujer cuyos favores eran cuestión de dinero, constituyeron para él una humillación insoportable. Ahora me da lástima... debió de sufrir mucho. Indudablemente, el amor propio se le exacerbó envenenándole los pensamientos: en su cabeza debió de fermentar la soberbia, la ira, ¿qué sé yo! todo lo malo, como en otros cerebros fermentan la debilidad, la desesperación, la honra mal entendida. Yo creo que se mató en un arranque de locura.
Al cuarto día de no vernos, el sereno de mi calle, que naturalmente le conocía, le abrió la puerta de abajo. Eran las doce y media de la noche; subió, y llamó, porque yo había mandado cambiar la cerradura de la puerta de la escalera, de la cual tenía él antes una llave...
Comprendiendo que no había de hacer caso a la doncella, yo misma le hablé por el ventanillo.—«¿Es verdad que te vas con ese?—me preguntó—¿sabes que me pones en un ridículo espantoso?»—Le contesté que era verdad, que no volviera a acordarse de mí, pero que para él no había humillación porque las traiciones y las infidelidades de una mujer como yo no deshonran a nadie. Se puso frenético. Cerré el ventanillo, me alejé taconeando y volví de puntillas. Debía de estar ya perturbada su razón porque fuera de sí, aplicando los labios a las ranuras del ventanillo, dijo:—«¡Abre que te quiero matar!»—No contesté... pasaron unos instantes en silencio: de repente sonó un tiro que retumbó en la caja de la escalera, como si fuese un trueno; luego oí el chocar de un cuerpo contra el entarimado del piso, y enseguida el caer de algo que debió de ser el revólver... Afortunadamente, en aquel momento salían dos caballeros del cuarto tercero alumbrados por un criado. Sus declaraciones me salvaron; no digo yo que de una acusación en regla, pero por lo menos de muchas impertinencias y molestias. A fuerza de súplicas logré que aquellos señores entraran en mi casa y esperasen la llegada del juzgado, que se presentó a las dos de la madrugada.
Pepe estaba en el descansillo de la escalera tendido poca arriba: había dejado el bastón apoyado en la pared: el sombrero debió de tirarlo porque se halló en el tramo de abajo: se disparó en la sien derecha, en la cual se veía un agujero muy pequeño de donde manaba un hilo de sangre que se escurría metiéndose entre la camisa y el cuello... ¡Qué cosa tan horrible!
El juez me molestó poco: primero por la explicación que le hicieron aquellos caballeros, y además... se me figura que le gusté.
Ya ve usted que no tuve la culpa de que el vizconde se matara, como no pude vencer la aversión que me inspiró desde que supe quien era. Ni me amó nunca ni yo a él... No hubo traición.
Después Enriqueta se quedó un instante ensimismada, y luego, de pronto, pasándose ambas manos por el rostro, acabó diciendo con la voz impregnada de amargura y cinismo: