Yo el rey.
—Mira, Margarita,—dijo en voz baja, tendiendo el pliego a la duquesa y su hija;—ven, hija mía. Aldea me ha dado este papel, y se ha marchado, diciéndome que le había ofendido.
Y mientras los circunstantes se miraban unos a otros, el duque, poseído de una sorpresa inconcebible, sin darse exacta cuenta de lo sucedido, atento sólo a su propio regocijo, leía y releía el nombramiento por cima de las hermosísimas cabezas de su esposa y su hija. La duquesa, apartando cariñosamente a la niña y recatándose de ser oída, asió a su marido fuertemente del brazo, diciéndole:
—¿Qué has hecho? Aldea es hijo natural.
—Pero este nombramiento,—repuso Algalia, a quien por el momento sólo podía preocupar su senaduría,—¿qué quiere decir, a qué viene darme tan gran prueba de afecto?
—Félix está enamorado de Josefina,—contestó Margarita.
De allí a poco los convidados fueron desfilando repletos de buenos manjares y llenos de curiosidades: ellos saboreando el aromoso veguero, y ellas hablando de los trajes de la duquesa y su hija. Si alguno callaba, era porque lo mal que digería no le dejaba murmurar de lo bien que había comido.
VII.
Tal fue la sorpresa del duque a consecuencia de lo ocurrido, que sólo después de algunas horas, y tras larga conversación con su mujer, llegó a convencerse de dos cosas: era senador vitalicio por nombramiento real, y, sin saberlo, había ofendido gravemente al hombre que le encumbraba.
Ambos esposos se preocuparon seriamente. El marido experimentaba impresiones contrarias; sentía el regocijo íntimo del orgullo satisfecho, y al mismo tiempo, no acabando de comprender cómo Aldea le había podido elevar hasta ser pater patrie, sentía vagamente el disgusto de tener que agradecer a tal hombre, a un cualquiera, tamaña honra. En cuanto a lo del agravio inferido, no podía Algalia explicarse satisfactoriamente por qué se había ofendido Félix por una frase dicha con cierto carácter de generalidad.