Iba pasando con los dedos las hojas de un libro, puesta en ellas la vista descuidadamente, como si el pensamiento y la voluntad estuvieran muy lejos de aquellas páginas, que no bastaban a detener el vuelo caprichoso de sus antojos femeniles.
En sus hechiceras facciones empezaba a desaparecer la frescura que es el aliento misterioso de la vida. Parecía tener esa edad de la rosa en que unas cuantas horas más marchitan la fragancia y ajan la lozanía. Estaba hermosa, y más que hermosa seductora; pero los ojos, la actitud, la voz, acusaban un desaliento amargo. Nadie hubiera podido averiguar si aquella laxitud era la huella pasajera de los placeres de una noche, o la marca indeleble de los sufrimientos del espíritu.
Al entrar Lázaro salió la doncella, y Margarita, ladeándose ligeramente en la butaca y echando atrás el rostro, animado por una sonrisa encantadora, le tendió la mano.
La situación de Lázaro era peligrosa y difícil: el menor descuido, la más ligera inoportunidad, podían ofenderla sin resultado; que quien no está satisfecho de sí mismo, ve acusaciones en las frases más inocentes. Él, además, se consideraba sin derecho alguno para atacar a la madre en defensa de la hija. ¿Cuál podía invocar? Si el de enamorado, confesaba la propia y criminal flaqueza; si únicamente el de hombre de corazón, ¿quién había de reconocérselo?; si el de sacerdote, ¿cómo podría su conciencia sancionar la ridícula comedia de un hombre que utiliza la investidura sagrada para proteger su misma falta?
Tenía delante a la mujer adúltera; pero no podía ser él quien la arrojase la primera piedra.
Margarita rompió el silencio, diciendo cariñosamente:
—¿Qué es de usted? Vivimos bajo el mismo techo, y apenas nos vemos. Estos días, los preparativos del baile, el bullicio de la fiesta, le han alejado de nosotros; pero también usted es tan excesivamente inclinado a sus soledades y sus estudios, que nunca se le ve. De los convites, aun de los más íntimos, siempre se excusa; en habiendo alguien de fuera, desaparece usted como por encanto. Y usted, sin embargo, no es huraño, sino cariñoso, afable. Vamos, siéntese usted, aquí, a mi lado, y hablemos.
Obedeció Lázaro, y, acercando otra butaca como la que ella ocupaba, dijo:
—Mucho agradezco a usted, duquesa, las deferencias con que me distingue: tan sinceramente le estoy reconocido por ellas, que aunque el deber y el sacerdocio no me lo impusieran, sentiría por Vds. verdadero cariño, profundo deseo de ser útil, verdaderamente útil, en esta casa, donde se me ha recibido con los brazos abiertos.
—Todos le queremos a usted de veras. Mi marido y yo le aprecíamos en lo que vale; y en cuanto a Josefina, puede usted estar seguro de que, si fuese necesario defenderle, con dificultad se encontraría abogado que tomara la cosa más a pechos.