—Pues crea usted, duquesa, que ni el hombre de corazón ni el ministro de Dios podrían aliviarla el peso de su santa tarea. Los medios que tiene para guiarla bien son infinitos; pero usted, usted sola puede emplearlos. Aunque mis hábitos me hagan como enviado del cielo, mi palabra siempre será palabra humana, y para una hija sólo es divina la palabra de su propia madre.

La hermosa y noble faz de Lázaro se iluminó con esa satisfacción intensa que produce la resolución inquebrantable de vencerse a sí mismo por amor al prójimo.

La duquesa, que ya empezaba a desasosegarse, esquivó las miradas del capellán. Su lenguaje era inesperado. ¿Qué decía aquel hombre? ¿Tenían realmente intención sus advertencias, o era que ella a sí misma se acusaba adaptando a la situación el sentido de cuanto hablaba el cura?

Hubo un instante en que callaron ambos: él, por temor de ir más allá de lo prudente; ella, por no escuchar sin provocarlas cosas como las que acababa de oír.

—Vengamos a lo que motiva esta entrevista, dijo de pronto Margarita. Le he llamado a usted para algo que se relaciona, en cierto modo, con nuestra conversación, según el giro que ha tomado, y se lo diré en dos palabras. Cuando llegó usted a casa creímos que el capellán era demasiado joven.... no se ofenda usted...: estábamos acostumbrados a la frente rugosa, a las canas del pobre viejecito que le precedió. Después hemos visto que el carácter suple en usted lo que otros adquieren a fuerza de años; y, francamente, nadie hubiera creído que pueda infundir tanto respeto quien cuenta todavía tan pocos. Al principio el cuidado de la capilla, la misa de los domingos y el reparto de las limosnas.... no hizo usted más. Luego usted mismo nos ha ido convenciendo de que teníamos en casa una joya, de que podíamos confiarnos a usted bajo todos conceptos....: Josefina y yo nos confesaremos en adelante con usted: esto es lo que tenía que decirle.

—¡Conmigo!—exclamó Lázaro poniéndose en pié, y sin poder reprimir su asombro.

—¿Y por qué no? ¿Se niega usted? No creo que el depósito de nuestras culpas pueda abrumarle. A Josefina, ya la conoce usted: tendrá usted, quizá, que desvanecer errores, esquivar preguntas, eludir respuestas, y hasta, en obsequio a su pureza, mentir algunas veces aparentando ignorancia de lo que no deba saber; pero no se verá usted obligado a resolver problemas ni perdonar graves faltas. Y en cuanto a mí, me dará usted buenos consejos, ahorrándome algunas amarguras. Yo, que parezco tan alegre, lloro a solas como si dentro de mí tuviera algo malo de que pudiera librarme con el llanto. Llorar es nuestra defensa, con frecuencia nuestro recurso, el mayor encanto de la mujer, siempre nuestro verdadero consuelo. Pero ¡qué diferencias establece el tiempo! Hay una edad en que el dolor se disuelve en las lágrimas como la sal en el agua; después, aunque se llore, también se sufre, y al fin ya no se llora, pero se sigue padeciendo.

—Eso será, repuso Lázaro, si el dolor procede de la culpa, como ponzoña que se destila de fruto venenoso, que mientras el sufrimiento no está manchado de delito ni tiene sabor a remordimiento, cuando es puro, no faltan lágrimas en que anegarle. ¿Ha visto usted esas flores que, arraigadas a la orilla de los ríos, parecen prolongar su tallo si las aguas aumentan, sobrenadando siempre? Pues semejante a ellas es la pureza del alma: no hay lágrimas bastantes para ahogarla. Nunca llega el corazón a endurecerse tanto que se le pidan en vano; más duras son las peñas de los montes, y de entre sus grietas surgen los manantiales.

Margarita escuchaba confusa. Era indudable que aquel hombre conocía su delito. Lo que la había dicho ya era algo; pero el modo de decírselo no podía ser más expresivo ni elocuente.

Estaban cerradas todas las puertas; el gabinete envuelto en las tintas pálidas del ocaso; los brillos de las sedas y el relucir de los metales amortiguados por la creciente sombra; la luz escasa parecía aumentar las distancias robando la forma a los objetos, y la mancha negra del ropaje del cura junto a la esbelta figura de Margarita, parecía absorber toda la claridad que penetraba por el ancho hueco del balcón.