Íbanse poco a poco destacando del fondo luminoso del cielo los ángulos rectos y los cortes bruscos de las casas de las aldeas, con sus tapias de tierra y sus paredes de cascote, dominadas desde lo alto del monte por la ermita, en torno de cuyo viejo campanario volaban las bulliciosas y alegres golondrinas. Entonces Lázaro forzaba el trote de su cabalgadura, y llegando a la plaza del lugar, lo atravesaba rápidamente, sin reparar en las mujeres puercas y los chicuelos harapientos que le miraban, curiosos y asombrados, desde las ventanas y los umbrales de las puertas.
En una revuelta vio de repente una sombra oscura, grande y extendida sóbrela blancura del camino: aquella mancha se movía, avanzando lentamente en dirección contraría a la que él llevaba, y entre su masa compacta brillaban a intervalos algunos puntos luminosos. Parecía una serpiente colosal de enormes escamas heridas por los rayos del sol, y seguida de una tenue nubecilla de polvo. Lázaro la dejó acercarse, parado en lo alto de un repecho, y al cabo de unos cuantos minutos vio clara, distintamente, lo que en un principio miró sin acertar qué era.
A pié, despedazados los trajes, roto el calzado, o desnudas y ensangrentadas las callosas plantas, casi sin ropa que mal cubriera su desnudez de día y en la noche les aliviara del frío, atados entre sí y alguno sujeto por los codos, venían hasta diez y seis o veinte hombres. Era una cadena de eslabones humanos brutalmente ensartados; gente forjada del Rey que iba a las galeras; una cuerda de presos. En torno suyo caminaban custodiándoles, sable en mano o arma al brazo, unos cuantos soldados. Lo que Lázaro había visto brillar en lontananza eran los hierros de las bayonetas.
Allí iban retratadas, si no juntas realmente, al menos visibles para la imaginación, todas las miserias humanas: el que mató por odio; el que hirió por venganza; el que robó por codicia; el que hurtó por hambre; el que delinquió por flaqueza; el que pecó por vicio: aquél a quien pervirtió la mala educación; aquél a quien la herencia de la viciada sangre hizo rabiosos los sentidos, y el de brutal naturaleza que dejó al instinto sobreponerse a la razón: juntos estaban el que holló la moral desconociéndola, y el que hizo mofa de ella desestimando su valía: atados a la par iban el avaro convertido en ladrón por la idolatría del oro, y el pródigo trocado en criminal por el desprecio de todas las riquezas: codo con codo, sujetos uno a otro, andaban el que delinquió contra la sociedad creyendo honrar a la virtud y el que hizo escarnio de lo bueno por asegurar lo útil: caminando unidos, avasallados por la misma tristeza, iban el que fue malo por fanático y el que dejó de ser justo por incrédulo: llagas en los tobillos y heridas en las manos llevaban igualmente quien faltó a la ley por no tener, y quien la violó para tener más: con grillos y esposas estaban sujetos, todos respirando venganzas, invocando auxilios, premeditando fugas, distintamente animados por el arrepentimiento o el rencor, pero sin que uno solo se eximiera de la pesadumbre y la vergüenza.
—Son los hijos de la pobreza y la ignorancia, pensó Lázaro; la ley de la Naturaleza es la vida; la ley del hombre es el dolor.
Su alma sufrió una sacudida horrible: la trasformación que venía realizándose en su espíritu se completó en aquel momento, y la metamorfosis que convierte en amor al prójimo el feroz egoísmo de la fe, quedó cumplida. Ser bueno para sí es lo propio del débil; en ser justo para los demás están la sabiduría y la grandeza.
Cuando estaba resuelto a sepultarse para siempre en la soledad y el olvido de su pueblo, unos cuantos miserables que la sociedad expulsaba de su seno, amputados como miembros podridos, le dieron a entender que si la fe puede morir, el amor a la humanidad es inmortal. Y aquella pobre criatura, el ateo capaz de conmoverse viendo rezar a un niño, el que sin creer en la amistad se hubiera sacrificado por un amigo, el que al renegar de la pasión lo había sacrificado todo al respeto de la mujer amada, el que no esperando agradecimiento hubiera dado a hurtadillas la limosna, dejó caer sobre el pecho la cabeza, y lloró solo una lágrima, acre, amarga, como saturada de todos los infortunios de la tierra, y alzando luego el rostro, de cara al sol, inspirado por algo superior a sí mismo, dio vuelta a la mula, guiándola hacia la corte, para lanzarse en el torbellino de la vida moderna, sin más creencias que la pasión del bien ni más fe que la de un porvenir mejor.
—Nadie tiene derecho, se dijo, a convertir el escepticismo en inacción. Mientras en el mundo suene una queja engendrada por el egoísmo y la injusticia, quien se precie de bueno debe luchar hasta morir, que para caer herido en defensa de lo santo no hace falta creer: basta amar. En la misma dirección, pero a larga distancia, fueron perdiéndose entre dos remolinos de polvo, grande uno, imperceptible otro, los presidiarios y el jinete.
¿Fue su alto y leal propósito a perderse en la inmensa vorágine de los opuestos intereses del mundo? ¿Cayó como granizo que se derrite al ardor impuro de la tierra, o gota de lluvia que en el mar se confunde sin alterar la muchedumbre de sus olas? ¿Fue hierro candente sumergido en el agua que chasquea y se queja pero al fin se enfría, o se desvaneció como el último eco de la onda sonora que desparrama su vibración en el espacio? ¿Fue, tal vez, como el grano de trigo que el viento orea en la parva y cae en el montón predestinado a la fecunda siembra? ¡Quién sabe! Pero aquél espíritu sin esperanza, destrozado y muerto por la lucha del sentimiento que le impulsaba a creer, con la razón que le arrastraba a dudar, debió escuchar una voz misteriosa que, como Cristo al hermano de Marta y María, le arrancó del seno de las tinieblas y la muerte murmurando en su oído:
—Lázaro, ven fuera.