No más que diez y siete primaveras tenía el mozo, y ya traía revueltas las faldas del lugar, sin que él hiciera nada por atraerse el cariño de las chicas. Decían unos que si ellas le miraban con buenos ojos, era por la esperanza de ser algún día dueñas de las riquezas de su padre, y alguien añadía que la brillante perspectiva de ser sobrina de Su Ilustrísima era lo que volvía locas a las beldades de las cercanías, pues Su Ilustrísima, es decir, el Obispo de la diócesis, era hermano del Tumbaga, y, por tanto, tío de Lázaro.

La causa de que dos hijos de un mismo padre tuvieran tan distinta suerte, que hizo al uno ser sucesor de todo el Apostolado y al otro humilde campesino, es por demás sencilla. Cuando el padre murió, sin dejarles más herencia que aquellos pocos terrones y algunas onzas de oro ocultas en un puchero enterrado en el huerto, tuvieron Diego y Antolín una conferencia, en la cual convinieron que debía uno de ellos procurar hacer carrera y conseguir medro, continuando otro al frente de las tierras a que habían quedado reducidos los antiguos estados de la nobilísima familia. De este modo, si la fortuna ayudaba al primero, podría luego proteger al segundo; y, en caso contrario, éste tendría siempre refugio que ofrecer al que intentaba restaurar el brillo de su casa y el renombre de su estirpe. Hiciéronlo así, y años después de la separación supo Diego que Antolín cantaba en una iglesia de Sevilla su primera misa. La protección de quien quiso dispensársela, y su buena fortuna, le empujaron de tal suene, que a los cincuenta años llegó Acolín a canónigo de una basílica, y veinticuatro meses después era preconizado obispo, con gran regocijo suyo y de su ama de gobierno. Llegó la nueva a conocimiento de Diego, que, exento de envidia, tuvo con ella mucha alegría, y pasados algunos días, llegó también la siguiente carta, primera que Antolín escribía con timbre del obispado:

«Querido y nunca olvidado hermano:

»Por la ayuda de Dios Nuestro Señor, más que por mi propio esfuerzo, y también por favor de Su Santidad y del Rey (Q. D. G.), me he sentado hace una semana en la silla episcopal de esta diócesis, por cuyos fieles pido en mis oraciones. Ya ves cómo ha llegado para nosotros a lucir la fortuna, y qué bien hicimos en disponer las cosas de manera que han venido a dar este resultado. Excuso decirte que cuanto soy y valgo pongo a tu servicio; mas como no se trata de vanos ofrecimientos, sino de firmes y leales propósitos, bueno será que empecemos luego a disponer lo que mejores frutos pueda dar en el porvenir. Por tus pocas y tardías, pero extensas cartas, he venido haciéndome cargo de que tu hijo Lázaro es listo como él solo. Tratemos, pues, de sacarle de entre esas breñas, démosle educación conveniente, instruyéndole en las buenas doctrinas del santo temor de Dios, y hagamos cuanto en nuestra mano esté para que, como yo he llegado a ser pastor de los rebaños de Cristo, alcance él mayores honras. Me encargo de todo. Envíamele sin cuidarte de más, y decídete a hacer el sacrificio de la separación en obsequio a su felicidad. Adiós, Diego; recibe para tí y los tuyos, con mi bendición de Prelado, mi abrazo de cariñosísimo hermano.

«ANTOLÍN.»

Leer el pobre viejo esta carta, sentir sus ojos húmedos por el llanto y temblarle los labios de emoción, todo fue uno. Restregose los párpados con el curtido revés de la encallecida mano, llamó al mozo, leyole la carta, y sin titubear un punto, le dijo:

—Dentro de dos días te vas del pueblo.

¡Pobre padre! Con la mejor intención del mundo y la mayor abnegación, pensando que cuanto su hermano proponía era lo más conveniente, decidió quedarse solo, añadiendo a su viudez la orfandad en que la partida del muchacho había de dejarle. No paró mientes en lo terrible de aquella soledad; no consideró que para custodiar las trojes, vigilar a los segadores y cuidar de la aceituna, le faltaría en lo sucesivo su activo celo. Atendió solamente al porvenir de Lázaro, y de grado o por fuerza, hízole montar en una mula, y salir en ella, no a correr mundo como sus antepasados a Flandes en busca de aventuras o a Italia persiguiendo honores, sino a presentarse al bueno del obispo, para que éste modelara, cual si fuera de arcilla, aquella alma que aún no había despertado a la vida.

¡Qué largas y qué tristes iban a ser las veladas de invierno pasadas junto al hogar en que él atizaba el fuego, manteniendo con su donaire la conversación! ¡Qué monótonas habían de parecerle las noches de verano! ¡Qué callado el silencio cuando no se oyera resonar junto al fresco brocal del pozo, ni bajo el emparrado de la puerta, el rasguear de aquella guitarra que parecía tener alma y quejarse cuando él la tocaba!

Todo lo pensó y midió el pobre campesino; pero poniendo antes los razonamientos del interés que los del cariño egoísta, vio que sería torpeza dejar pasar de largo a la fortuna cuando cruzaba ante el umbral de la casa.