—Convenido, ella decidirá.
Y abriéndose mutuamente los brazos, lloraron juntos, como dos niños.
Valeria les escuchó henchida el alma de alegría. Aquel fue el único momento egoísta de su vida. Todas sus penas hallaron resarcimiento, todos sus dolores tuvieron premio. Luego, andando de puntillas, se alejó de junto a la puerta, y a los pocos días, con fingida tranquilidad, dijo que las circunstancias habían variado y que la separación no era precisa.
Nunca supo quién era su verdadero hijo, pero adquirió el convencimiento de que ambos adoraban en ella. En un mismo culto la confundían el que llevó en las entrañas y el que formó con la bondad de su alma. Aquella doble maternidad fue la recompensa de su vida.
La prueba de un alma.
Durante el verano de 188... la concurrencia de bañistas fue en Saludes mayor que nunca: desde la fundación del balneario no se había visto allí tanta gente, ni tan lucida y bulliciosa.
Los enfermos graves eran pocos, y como por razón de su estado se hallaban recluidos en sus habitaciones, no molestaban a los que querían divertirse; los cuartos eran limpios, la comida, si no muy delicada, abundante y sabrosa, las camas aceptables, el campo delicioso, y las excursiones salían baratas; de suerte que todo el mundo estaba contento, sin acordarse el bolsista de sus negocios, ni el empleado de su oficina, ni la mujer hacendosa de los quehaceres de su casa, ni mucho menos el estudiante de sus libros: las niñas en estado de merecer disfrutaban bastante libertad para dejarse galantear a sus anchas por los muchachos; y, según malas lenguas, de igual libertad se aprovechaban algunas casadas, si no para permitir que fuese invadido allí mismo el cercado ajeno, a lo menos para demostrar que no lo defenderían mucho cuando, de regreso en la corte, fuesen menor el peligro de la murmuración y las ocasiones más seguras.
A que resultara grata la permanencia en Saludes contribuía mucho el director facultativo, hombre de treinta o pocos más años, simpático, muy inteligente, y en quien se daban reunidas raras circunstancias y envidiables prendas.
El doctor Ruiloz era el primogénito de un banquero, socio principal de la casa Ruiloz y Compañía, de Madrid. Desde muchacho se empeñó en seguir la carrera de médico, dejando a su segundo hermano el cuidado y la gloria de continuar amontonando millones. En un principio la familia trató de quitarle de la cabeza aquel propósito, mas tan resuelto y decidido le vieron, que no hubo sino dejárselo lograr. «Aunque le falten enfermos—cuentan que dijo su padre—no ha de faltarle dinero, teniendo yo tanto como tengo.» Con la tenacidad mostrada al elegir carrera, y con la conducta que observó al estudiarla, quedaron probadas la energía y la fuerza de voluntad que Dios había puesto en el alma de Juan Ruiloz, porque sin mermar a la juventud sus fueros, ni dejar de divertirse durante aquella edad en que la alegría es media vida, fue primero modelo de estudiantes y luego espejo de médicos.
Trabajando mucho, prescindiendo de la influencia y riqueza de sus padres, verdaderamente obstinado en deberlo todo a su propio esfuerzo, se hizo hombre y comenzó a labrarse la reputación, logrando verla consolidada en pocos años con algunos buenos escritos referentes a su facultad, y gracias a unas cuantas curas y operaciones tan sabias como afortunadas. Su estancia en Saludes fue puramente accidental. El médico en propiedad del balneario, que era un intimo amigo y compañero suyo, cayó enfermo, pidió licencia, concediéronsela, necesitó prórroga, se la negaron, y cuando se hallaba a punto de perder la plaza, le dijo Juan: