—¡Claro! Aquí han sido los disgustos gordos. Cuando V. mandó llamar a mi ama, la señorita Julia no quiso que viniera sola: pensó que tendría calma para ver a la otra, para verle a él... y no ha habido tal calma. Esta es la situación.

—¿Y no hay más?

—Lo demás es muy delicado.

—¡Pobre mujer!

—¡Figúrese V.! Está colocada en la alternativa de tener que abandonar a doña Carmen a quien todo se lo debe, o soportar la presencia de los otros. Y ahora comprenderá V. también la influencia que han de tener ciertos sacudimientos morales en la enfermedad de doña Clotilde; porque, a mí no me cabe duda, también ella ha de sufrir... ¡y bien castigada está! Clotilde sabe que Julia la desprecia, y al mismo tiempo está celosa de ella.

—¡Si Julia quiere, yo la haré feliz!—exclamó Ruiloz en un rapto de indignación mezclada de ternura.

Y en aquel momento comprendió que la quería de veras. No, no era sólo la atracción de lo misterioso y anormal; era que aquella mujer se le había metido en el alma. Hizo un esfuerzo por serenarse, dominó la impresión que sentía, y dijo:

—Pues bien; sólo dos cosas deseo saber ahora; primera: ¿cree V. que Julia quiere todavía a D. Javier?

—Me parece demasiado altiva, demasiado digna...

—Segunda: ¿cree V. que doña Carmen apoyará mis deseos?