Y al mismo tiempo, fijando en Julia la mirada, se permitió cogerle familiarmente una mano, y como quien está resuelto a no callar, continuó:
—¡Por lo que V. ame más en el mundo!... óigame V. un instante. Sé lo buena que es V..., lo que V. merece, lo que ha sufrido... Le ofrezco a V. un nombre honrado, una posición independiente... y un tesoro de cariño. ¿Quiere V. ser mi mujer?
Ella calló un momento entre absorta y halagada, sin gran sorpresa, exenta de enojo: después bajó los ojos, y alzándolos luego y mirando cara a cara, repuso:
—¿Está V. seguro de lo que siente? ¿Es que me quiere V..., o que me compadece? Porque V. sabe algo... No, no será amor... es lástima.
—¿Cree V. que se casa nadie por lástima?
—¿Sabe V. que soy pobre? ¿Que no tengo absolutamente nada?
—Y me alegro con toda mi alma.
Entonces, inundado el corazón de una felicidad tanto más intensa cuanto menos prevista, le dijo:
—Debemos pensarlo mucho. Venga V. pronto a Madrid... y hablaremos. ¿No cree V. que debemos conocernos más?
—La conozco a V. mucho más de lo que imagina.