El tutor, que por honrosa y rara excepción le sirvió de padre cariñoso, deseaba la boda: primero, suponiendo que sería feliz, y segundo pensando ahorrarse las molestias que proporcionaba la administración de lo ajeno; con lo cual Felisa no hallaba oposición que vencer.

¿Tendría tal vez, como a muchas acontece, idea exagerada de sus propios encantos y esperanza de fundar en ellos un matrimonio más ventajoso?

No: Manuel podía rechazar esta sospecha cumplidamente, porque Felisa era tan modesta como desinteresada; no con la modestia que aparenta ignorar la propia belleza, sino con aquella otra que muy pocas mujeres tienen y que consiste en no abusar del poder que sus hechizos les conceden. Le gustaba engalanarse, pero luego de vestida pasaba ante los espejos sin mirarse, y ni a solas era ridículamente vanagloriosa, ni coqueta con los hombres.

Finalmente, Manuel estaba seguro de haberse ido enseñoreando del corazón de su novia en diálogos íntimos y largos, donde, sin menoscabo de su pureza, pudo mostrarse la mujer tal cual era.

Libre y apasionado él, sin madre y enamorada ella, tolerante y dormilona el aya que había de vigilarles, sus entrevistas no fueren dúos con centinela de vista, sino momentos de casta expansión en que sinceramente se dibujaron sus caracteres, contribuyendo los atractivos morales de cada uno a que se templara el amor de los sentidos en la dulce servidumbre de las almas.

No sopló el diablo, a pesar de hallarse tan cerca el fuego de la estopa. Pero cuanto más orgulloso estaba Manuel por haberse apoderado del corazón de Felisa, menos podía explicarse su terquedad en ir dejando la boda para más adelante, como si juntamente sintiese amor al hombre y miedo al matrimonio. ¿En qué se fundaba su temor?

No llegó a sorprenderlo toda la perspicacia de Manuel. Por Noche Buena del primer año de sus amores, le dijo Felisa que se casarían en la primavera siguiente; llegado Abril, lo aplazó para el verano; luego dio largas hasta la vuelta de los baños de mar; en Septiembre ideó nueva dilación con pretexto de pasar el otoño en París haciendo preparativos y compras; por último habló del día de año nuevo y santo de él, y hubiese seguido alargando plazos si Manuel no tuviera el valor de fingir (su trabajo le costó) que se enfadaba seriamente. Planteó la cuestión, discutieron, y venció... a medias, que es como siempre vence el hombre a la mujer.

Manuel tenía necesidad ineludible de ir a Nueva York y permanecer allí dos o tres meses para arreglar asuntos que, al morir, dejó pendientes su padre, y que importaban muchos miles de duros; deseando además estudiar los últimos adelantos realizados por ciertos ingenieros yankees. Echando cuentas galanas, su proyecto era casarse, pasar unos días en París, y hacer luego el viaje con Felisa durante la luna de miel: a lo cual ella se negó en redondo, proponiéndole a su vez que fuese solo a América, que mientras terminaría todos los preparativos, y que a su vuelta él designaría la fecha definitiva del casamiento.

Con esta nueva demora hubo de transigir Manuel, ya formalmente esperanzado por la seriedad de la promesa.

—Comprendo que tengas miedo al mar—le dijo;—pero júrame que documentos, papeles, ropas, muebles, todo, lo tendrás preparado para que nos casemos a las veinticuatro horas de mi llegada. Si intentas el menor retraso, creeré que es un pretexto, un modo de reñir conmigo.