—¡Es él! ¡Solo! ¡Sin vendas ni trapos!

Manuel la abrazó con fuerza, como quien se apodera de algo propio largamente codiciado, y ella se dejó estrechar sin sustraerse al legítimo halago.

—¿Pero qué engaño ha sido este?—preguntó él, trémulo de gozo, viendo su rostro sin la menor señal de la mentida enfermedad.

—Quise saber—repuso ella—hasta dónde llegaba tu cariño. ¿Pero y tus ojos y tu ceguera?

—De tu mentira, que creí verdad, nació la mía. ¿Qué te sorprende? Quise demostrarte que tu corazón me atraía más que tu belleza. Yo te amaba desfigurada y fea... como tu me has querido ciego. Piensa ahora si seremos dichosos: tú hermosa, yo pudiendo mirarte, y los dos seguros uno de otro.

Este libro se acabó
de imprimir en
Madrid, en casa
de A. Avrial,
el día 12 de
Junio de
1896