A fin de Marzo, con diferencia de veinticuatro horas, parieron un niño cada una en la misma habitación, tragándose las lágrimas y los quejidos, animándose mutuamente a tener valor, buscando en su cariño fraternal el único consuelo que les quedaba. Los recién nacidos no se les parecían: ambos eran pelinegros y muy blancos, señal de que habían de ser morenos como sus pobres padres, que dormían para siempre entre los peñascales ensangrentados de Navarra.

Ya no tenían ventura que esperar aquellas infelices mujeres: ni aun la de sufrir unidas. Juntas crecieron en el convento cuando niñas; juntas gastaron riqueza y derrocharon alegría, siendo mientras pudieron ligeras y frívolas como su propia juventud; al mismo tiempo amantes, casadas, viudas y madres: sus dichas y sus penas parecían tan hermanadas como ellas mismas; pero había llegado la hora de que se rompiese el misterioso paralelismo de sus vidas.

El parto de Valeria había sido rápido y feliz; el de Susana trabajoso y de fatales consecuencias. La fiebre puerperal que se apodero de ella fue intensísima, y halló su organismo tan conmovido y debilitado por los recientes infortunios y penas, que no tuvo fuerzas para resistirla. Sintiéndose morir, llamó a Valeria y le habló de este modo:

—No te hagas ilusiones—dijo sonriendo con una serenidad que daba miedo;—esto se acabó.

Quiso su amiga interrumpirla gastando bromas y fingiendo esperanzas, mas ella continuó:

—Óyeme bien. Ya sabes lo que te quiero... No tengo parientes, y puede que sea mejor... Mi hijo va a quedar solo en el mundo; te lo confío... tú serás su madre... júrame que le querrás y le cuidarás... como...

—Calla, mujer. ¡Qué has de morirte! ¿No has de resistir esto, tú que eres más fuerte que yo? Te pondrás buena y seremos felices..., es decir, viviremos para los niños, porque felices ya no podemos ser...; pero si te murieras, que no te morirás, por el recuerdo de todo el bien que me has hecho, te juro que tu hijo..., vamos, como si fuera mío.

—¡Pobre Valeria! ¿Qué será de ti con dos criaturas?... Esto va muy aprisa. Escucha. En aquel cajón de la mesa que usaba Pepe, hay ocho mil duros en papel del Estado, que vienen a dar ocho mil reales al año. Allí están también los mil duros que sabes que teníamos ahorrados. Por último, en el cajón de más arriba encontrarás las escrituras de propiedad de mi casa de Rivaria. Yo no he estado allí nunca, pero sé que es un caserón con un huerto: los labriegos que lo tienen arrendado no pagan hace mucho tiempo. Quizá por eso no se quedó mi tutor con la finca. Los títulos de la Deuda y el dinero de los ahorros los coges en cuanto me cierres los ojos, y ahora manda venir a un escribano. Quiero que la casa sea legalmente tuya para que nadie pueda molestarte. Ya sabes con lo que cuentas. Lo principal es que no teniendo nada mi hijo... no habrá quien piense hacerse cargo de él.

Valeria quiso resistir por animarla, pero ante la energía con que expresaba el deseo, cedió.

Vino el notario: Susana hizo una declaración reconociendo que cuanto había en la casa era de Valeria, y que en pago de una deuda que confesaba, le daba la finca de Rivaria. Del niño no se habló palabra. ¿Quién había de solicitar su tutela siendo pobre?