Palomino dice, que luego retrató al Cardenal Panfili, a Camilo Máximo, a Abad Hipólito, a Micael Ángelo, a Fernando Brandano y a Jerónimo Vibaldo, hermano el primero, servidores altos y bajos del Pontífice los otros; y además a dos damas, la pintora Flaminia Triunfi y la famosa doña Olimpia Maldachini, quien por cierto, no debía de ser modelo de extraordinaria belleza, aunque hubiera sido hermosa, pues habiendo nacido en 1594, pasaba ya de los cincuenta y cinco años.

Primero Stirling, y luego cuantos han escrito la vida del gran pintor español, mencionan, al tratar de este período de su vida, una anécdota que aunque no comprobada por nadie, es hasta cierto punto verosímil.

De un libro escrito en dialecto veneciano por el grabador Boschini, han copiado unos versos, donde se refiere, que hallándose Salvator Rosa en Roma, conversando con Velázquez, le preguntó lo que pensaba de Rafael de Urbino, a lo cual, repuso, «que no le gustaba nada.—Pues aquí—contestó el italiano, no pensamos así, y nosotros le otorgamos la corona». A lo cual replicó Velázquez:—«Donde se encuentra lo bueno y lo bello es en Venecia: yo doy el primer lugar al pincel veneciano, y quien lleva la bandera es Tiziano[62]

Cuesta trabajo admitir que Velázquez, después de haber en su primer viaje estudiado y copiado a Rafael, declarase tan crudamente que no le gustaba nada; pues según hace observar uno de los escritores que relatan el caso, aunque no le inspirase gran entusiasmo su manera de sentir el color, habría de admirar en él la pureza impecable del dibujo, la maestría en componer y todas las demás excelencias porque fue en su tiempo, y sigue siendo, considerado como uno de los artistas más grandes del mundo. En lo que no andaba descaminado Bocherini, era en decir que quien más agradaba a Velázquez era Tiziano, lo cual se conoce, no porque le imitase deliberadamente, sino porque en sus obras veía que aun dando a la poesía mayor espacio, también procuraba reflejar la vida con poderosa intensidad.

La contemplación de las maravillosas obras antiguas y modernas reunidas en Roma, el trato con artistas ilustres, las negociaciones y diligencias seguidas para traer a España fresquistas y adquirir los cuadros que Felipe IV le había encargado, eran causas sobradas, para que Velázquez estuviese en la ciudad de los papas ocupado muy a su gusto; mas el Rey que comenzaba a impacientarse, le mandó llamar teniendo, por las trazas, que hacerlo repetidas veces sin que el artista se apresurase a la obediencia. Hasta parece que, deseoso de visitar París, pidió pasaporte para volver por Francia. No lo consintió S. M., y para evitar la tardanza escribió la siguiente carta, en que revela muy a las claras, conocer la calma andaluza del inmortal sevillano. Decía así Felipe IV a su embajador en Roma el Duque del Infantado:

«He visto vuestra carta de 6 de Noviembre del año pasado, en que me dais cuenta de lo que iba obrando Velázquez, en lo que tiene a su cuidado, y pues conocéis su flema, es bien que procuréis no la ejecute en la detención en esa corte, sino que adelante la conclusión de la obra y su partencia cuanto fuere posible, y de manera que para últimos de Mayo o principios de Junio pueda hacer su pasaje a estos reinos, como se lo envío a mandar si estuviere con disposición dello la obra, y así os lo encargo, y que en orden a esto le asistáis cuanto fuere posible, que para mayor facilidad dello envío a mandar al Conde de Oñate, le asista con el dinero que le hubiere dejado de enviar, según lo que necesitare, porque no tenga excusa ni pretesto que pueda obligarle a diferirle, y porque juntamente le he mandado que haga venir a esta corte a Pedro de Cortona, pintor del fresco, y que para ajustar la forma en que esto hubiere de ser, se valga de nuestra autoridad. Os encargo asimismo, que sabiendo el estado en que ha asentado el que venga a servirme, pues también envío a mandar al Conde de Oñate asista con lo que para esto fuere menester, solicitéis el que tenga efecto, por la falta que hay aquí de personas de su ministerio, y porque uno y otro han de hacer su viaje por la mar, dispondréis también la forma en que hubieren de hacer su pasaje, porque a Velázquez envío a mandar no lo haga por tierra, por lo que en él se podría detener, y más con su natural, y así convendrá que con este presupuesto esté entendiendo, os he encargado habéis de disponer su partencia, y que en orden a ello han de hallar en vos la asistencia que fuese necesaria para su cumplimiento, como me prometo de la atención con que obráis en lo que corre por vuestro cuidado. Madrid, Febrero de 1650.»[63].

Palomino dice que «cumpliendo con la puntualidad con que siempre obedeció las órdenes de Su Majestad, y aunque combatido de grandes borrascas llegó al puerto de Barcelona por el mes de Junio de 1651»; de lo cual se desprende que aun tardó dieciséis meses en volver a España.

La impaciencia con que el Rey le esperaba se calmaría de fijo al ver las adquisiciones que durante el viaje había hecho por su cuenta, pues además de muchos moldes o hembras, como entonces se decía, para vaciar estatuas clásicas, le trajo algunas pinturas de mérito sobresaliente: el hermosísimo cuadro de Venus y Adonis[64], de Pablo Veronés, y La purificación de las vírgenes madianitas[65] cuya composición y forma oval dicen claramente ser para un techo; y el boceto del Paraíso[66], ejecutado con igual objeto y destinado a la sala del Gran Consejo de Venecia, obras ambas del Tintoretto. Sólo haber elegido estos lienzos prueba el más acendrado gusto y al mismo tiempo predilección por los pintores de aquella república.

Al año siguiente quedó vacante la plaza de aposentador de palacio: solicitada por varios pretendientes favorecidos por distintos personajes que componían el Bureo, la pidió también Velázquez expresando en su memorial dirigido al Rey «que ha muchos años que se ocupa en el adorno y compostura del aposento de V. M. con el cuidado y acierto que a V. M. le consta, y suplica a V. M. le haga merced de este oficio, pues es tan ajustado a su genio y ocupación»[67].

El elegido por el Rey fue Velázquez. La circunstancia de haberse hecho este nombramiento después de volver el pintor de Italia ha inducido a algunos a creer que así le recompensó espontáneamente Felipe IV por lo bien que en aquella ocasión le había servido; pero si esto fuera cierto, no hubiese tardado ocho meses en premiarle. Además, Velázquez solicitó la plaza. Entre los aspirantes a ella figuraban el jefe de la cerería, varios ayudas de la furriera y algún otro empleado de la real casa que no sabía contar; de modo que el favor de que fue objeto Velázquez se redujo a preferirle a otros que, incapacitados por su oficio de demostrar gusto artístico, no habían de poder servir el empleo como un pintor que a sus facultades unía lo aprendido recientemente admirando el lujo y compostura de los palacios italianos.