II
RÁPIDA RECORDACIÓN DE NUESTRA PINTURA HASTA FINES DEL SIGLO XVI.
El examen de lo que fue en España la pintura hasta fines del siglo XVI no cabe aquí, ni aun hecho someramente; porque es materia que sólo para recopilar y ordenar lo que se ha escrito exigiría muchas páginas. Basta a nuestro propósito decir que según iban los reyes ganando tierras en la reconquista, a medida que magnates, nobles, abades y prelados se enriquecían, despertaba en ellos el amor del lujo, una de cuyas primeras consecuencias es el desarrollo y florecimiento de las artes: y claro está que entonces, como siempre, lo que unos hicieron por vanidad y ostentación, otros lo harían por buen gusto y delicadeza de sentimientos.
Gracias a escrituras, privilegios, donaciones, contratos y otros papeles que los investigadores laboriosos han encontrado en los archivos, se sabe que en plena Edad Media hubo aquí artistas notables cuyas obras se han perdido; abundan las referencias, o descripciones de lo que hicieron, y aun en algunos casos constan las cantidades que se les dieron en pago: pero la verdad es que desde don Lázaro Díaz del Valle y Cean Bermúdez hasta hoy, cuantos escritores han tratado de poner en claro los orígenes de nuestra pintura no han hecho, porque no podían hacer otra cosa, más que barajar unos cientos de nombres y repetir las mismas noticias. Muchas son las que permiten asegurar que hubo por aquellos tiempos artistas habilísimos aunque se ignora dónde aprendieron, cómo empezaron a formarse, y en qué diversas tendencias o ideales se inspiraban. Lo único indudable es que en los siglos XIII y XIV monarcas, municipios y cabildos les empleaban a su servicio remunerándoles espléndidamente; prueba de que gustaban sus obras. Hasta en los más vulgares compendios de la historia del arte se cuenta que Julián Pérez trabajó para Alfonso el Sabio, y Rodrigo Esteban para Sancho IV; que Raymundo Torrent y Miguel Fort pintaron en Zaragoza a la manera italiana y que Juan Cesiles ajustó con una iglesia de Reus un retablo en más de trescientos florines.
Desde los comienzos del siglo XV aparecen ya artistas de cuyas obras se tiene más conocimiento, y algunas se conservan, aunque sea dificilísimo precisar el nombre de sus autores. Se sabe también que los reyes se complacían en atraer a sus cortes a excelentes pintores extranjeros: don Juan I de Castilla protege a Gerardo Starnina, florentino; don Juan II a Dello; en 1428 viene Juan Van-Eyck; Jorge Inglés trabaja para el Marqués de Santillana, y cuantos autores han estudiado tan interesante materia, hablan de Juan de Borgoña, y citan como envuelta en dudas la misteriosa figura de un Juan Flamenco cuya personalidad nadie ha logrado poner en claro, pues al paso que unos pretenden ver en él al mayor de los Van-Eyck, quieren otros que sea Memling. Muy apreciada debía de estar aquí la buena pintura cuando el papa Martín V mandó a don Juan II como gran obsequio un pequeño tríptico de Rogerio Van der Weyden.
Lo más interesante para nosotros es que junto a estos nombres extranjeros comienzan luego a sonar apellidos españoles como Juan de Segovia, Gumiel, Zamora, Gallegos, Aponte, Berruguete, lo cual demuestra que simultáneamente a la producción de los venidos de tierra extraña, comenzaban a desarrollarse y brillar las facultades de los que aquí les tomaron por maestros. Las causas que promovieron y facilitaron esta enseñanza fueron de diversa índole: en primer lugar, con relación a época más remota, la venida y permanencia larga de aquellas cuadrillas de artistas, artífices y obreros que construyeron las catedrales, debió de influir mucho en nuestra cultura: y luego las relaciones frecuentes y comunicación diplomática de nuestros reyes con los soberanos extranjeros contribuirían también, por el cambio de regalos, a que la gente rica se fuese aficionando a la pintura que ya en Flandes y en Italia era principal ornato de templos y palacios. Ello es de suerte que el siglo XV nos ha legado gran número de tablas pintadas por diferentes artistas que forman lo que vulgarmente se llama antigua escuela de Castilla, creada por la doble y coetánea imitación de lo que aquí hacían o nos enviaban los flamencos e italianos.
Determinar claramente la parte de ideas y hasta de procedimientos que a cada una de esas maestrías corresponde, sería punto menos que imposible. Es también aventurado asegurar, como han pretendido algunos críticos y aficionados, que en Cataluña y Aragón imperase sólo la influencia flamenca, y en Castilla y Andalucía la italiana: aquélla se inició antes, mas luego la acción de ambas fue casi simultánea, por lo cual en las obras de algunos pintores españoles de entonces se observa que buscaban, por ejemplo, al mismo tiempo el carácter y personalidad de las figuras a semejanza de las escuelas de Colonia y de Brujas, y la impresión de color al modo de las escuelas de Siena y de Florencia.
Esta fase de la pintura nacional, primera que se puede estudiar con algún fundamento, corresponde en su más alto grado de desarrollo al reinado de los Reyes Católicos, bajo cuyo gobierno, según el Cura de los Palacios, se vio España más triunfante y más sublimada, poderosa, temida y honrada que nunca fue[4].
Menéndez Pelayo, a quien es tan grato como forzoso consultar en todo lo que se refiere a la historia de la cultura española, sintetiza en estas palabras la significación de los artistas de aquel período.