Debemos cuidar mucho de despojarnos de nuestras ideas y afecciones, y guardarnos de pensar que los demas obrarán como obraríamos nosotros.
La experiencia de cada dia nos enseña que el hombre se inclina á juzgar de los demas tomándose por pauta á sí mismo. De aquí han nacido los proverbios «quien mal no hace, mal no piensa;» y «piensa el ladron que todos son de su condicion.» Esta inclinacion es uno de los mayores obstáculos para encontrar la verdad en todo lo concerniente á la conducta de los hombres; ella expone con frecuencia al virtuoso á ser presa de los amaños del malvado; y dirige á menudo contra probada honradez, y quizas acendrada virtud, los tiros de la maledicencia.
La reflexion, ayudada por costosos desengaños, cura á veces este defecto, orígen de muchos males privados y públicos; pero su raiz está en el entendimiento y corazon del hombre, y es preciso estar siempre alerta si no se quiere que retoñen las ramas.
La razon de este fenómeno no será difícil explicarla. En la mayor parte de sus raciocinios, procede el hombre por analogía. «Siempre ha sucedido esto, luego ahora sucederá tambien.» «Comunmente despues de tal hecho, sobreviene tal otro, luego lo mismo acontecerá en la actualidad.» De aquí dimana que tan pronto como se ofrece la ocasion de formar juicio, apelamos á la comparacion; si un ejemplo apoya nuestra manera de opinar, nos afirmamos mas en ella; y si la experiencia nos suministra muchos, sin esperar mas pruebas damos la cosa por demostrada. Natural es, que necesitando comparaciones las busquemos en los objetos mas conocidos, y con los cuales nos hallamos mas familiarizados; y como en tratándose de juzgar ó conjeturar sobre la conducta ajena hemos menester calcular sobre los motivos que influyen en la determinacion de la voluntad, atendemos sin advertirlo siquiera á lo que solemos hacer nosotros, y prestamos á los demas el mismo modo de mirar y apreciar los objetos.
Esta explicacion, tan sencilla como fundada, señala cumplidamente la razon de la dificultad que encontramos en despojarnos de nuestras ideas y sentimientos, cuando así lo reclama el acierto en los juicios que formamos sobre la conducta de los demas. Quien no está acostumbrado á ver otros usos que los de su pais, tiene por extraño cuanto de ellos se desvia, y al dejar por primera vez el suelo patrio se sorprende á cada novedad que descubre. Lo propio nos sucede en el asunto de que tratamos: con nadie vivimos mas intimamente que con nosotros mismos; y hasta los ménos amigos de concentrarse tienen por necesidad una conciencia muy clara del curso que ordinariamente siguen su entendimiento y voluntad. Preséntase un caso, y no atendiendo á que aquello pasa en el ánimo de los otros, como si dijésemos en tierra extranjera, nos sentimos naturalmente llevados á pensar que deberá de suceder allí lo mismo á corta diferencia que hemos visto en nuestra patria. Y ya que he comenzado comparando, añadiré, que así como los que han viajado mucho no se sorprenden por ninguna diversidad de costumbres, y adquieren cierto hábito de acomodarse á todo sin extrañeza ni repugnancia, así los que se han dedicado al estudio del corazon, y á la observacion de los hombres, son mas diestros en despojarse de su manera de ver y sentir, y se colocan mas fácilmente en la situacion de los otros; como si dijéramos que cambian de traje y de tenor de vida, y adoptan el aire y las maneras de los naturales del nuevo pais[7].