§ IV.
Una observacion sobre el interes en engañar.
Casos hay en que por interesado que parezca el narrador en faltar á la verdad, no es probable que lo haya hecho, porque descubierta en breve la mentira, sin recurso para paliarla, se convertiria contra él de una manera ignominiosa.
La experiencia nos enseña que no hay que fiar de ciertas relaciones militares que no pueden ser contradichas luego, con toda claridad y con presencia de datos positivos, que produzcan completa evidencia. Las mayores ó menores fuerzas del enemigo, el órden ó la dispersion con que tal ó cual parte de su ejército emprendió la retirada, el número de muertos ó heridos, lo mas ó ménos favorable de algunas posiciones atendida la situacion de los combatientes, lo mas ó ménos intransitable de los caminos, y otras cosas por este tenor, ¿cómo las puede aclarar bien el público? Cada cual refiere las cosas á su modo, segun sus noticias, intereses ó deseos; y los mismos que saben la verdad son quizas los primeros en oscurecerla haciendo circular las mas insignes falsedades. Los que llegan á desembarazarse del enredo, y á ver claro en el negocio, ó callan, ó se hallan impugnados por mil y mil á quienes importa sostener la ilusion; y la mancha que cae sobre los embaucadores nunca es tan ignominiosa que no consienta algun disfraz. Pero suponed que un general que está sitiando una plaza, y nada puede contra ella, tiene la imprudencia de enviar un pomposo parte al gobierno, anunciándole que la ha tomado por asalto y estan en su poder los restos de la guarnicion que no han perecido en la refriega; á pocos dias sabrá el gobierno, sabrá el público, sabrá el mismo ejército, que el general ha mentido de una manera tan escandalosa; y la burla y la afrenta que caerán sobre el impostor le harán pagar cara su gloria de momento.
De aquí es que en semejantes casos el buen sentido del público suele preguntar si el parte es oficial: y si lo es, por mas que no haga caso de las circunstancias con que se procura realzar el hecho, no obstante presta crédito á la existencia de él. Hasta es de notar que cuando en gravísimos apuros se miente de una manera escandalosa, con la mira de alentar por algunas horas mas y dar lugar al tiempo, rara vez se inventa un parte nombrando personas; se apela á las fórmulas de «sabemos de positivo; un testigo de vista acaba de referirnos» y otras semejantes; se suponen oficios recibidos que se imprimirán luego, se ordenan regocijos públicos etc., pero siempre se suele dejar un camino abierto para que la mentira no choque demasiado de frente con el buen sentido, se tiene cuidado en no comprometer el nombre de personas determinadas; en una palabra, hasta reinando la mayor desfachatez, se guardan siempre algunas consideraciones á la conciencia pública.
Para dejar pues de prestar crédito á una relacion, no basta objetar que el narrador está interesado en faltar á la verdad; es necesario considerar si las circunstancias de la mentira son tan desgraciadas, que poco despues haya de ser descubierta en toda su desnudez, sin que le quede al engañador la excusa de que se habia equivocado ó le habian mal informado. En estos casos, por poca que sea la categoría de la persona, por poca estimacion de sí misma que se le pueda suponer, mayormente cuando el asunto pasa en público, es prudente darle crédito, si de esto no puede resultar ningun daño. Será dable salir engañado, pero la probabilidad está en contra y en grado muy superior.
§ V.
Dificultades para alcanzar la verdad, en mediando mucha distancia de lugar ó tiempo.
Si es tan difícil encontrar la verdad, cuando los sucesos son contemporáneos, y se realizan en nuestro propio pais, ¿qué diremos de lo que pasa á larga distancia de lugar ó tiempo, ó de uno y otro? ¿Cómo será posible sacar en limpio la verdad de manos de viajeros ó historiadores? Por mas desconsolador que sea, es preciso confesarlo, quien haya observado de qué modo se abulta, y se exagera, y se disminuye, y se desfigura, y se trastorna de arriba abajo lo mismo que estamos viendo con nuestros ojos, ha de sentirse por necesidad muy descorazonado al abrir un libro de historia ó de viajes, ó al leer los periódicos, particularmente los extranjeros.
Quien vive en el mismo tiempo y pais de los acontecimientos tiene muchos medios para evitar el error: ó ve las cosas por sí mismo, ó lee y oye muy diferentes relaciones que puede comparar entre sí; y como está en datos sobre los antecedentes de las personas y de las cosas, como trata continuamente con hombres de opuestos intereses y opiniones, como sigue de cerca el curso de la totalidad de los sucesos, no le es imposible á fuerza de trabajos y discrecion el aclarar en algunos puntos la verdad. Pero ¿qué será del desgraciado lector que mora allá en lejanos paises, y quizas á larga distancia de siglos, y no tiene otro guia que el periódico ú obra que por casualidad encuentra en un gabinete de lectura, ó en una biblioteca, ó que habrá adquirido por haber visto recomendados en alguna parte aquellos escritos, ú oido elogios de quien presumia entenderlo?