¿Será con la eleccion de los buenos autores? ¿pero cuáles son los buenos? ¿quién nos asegura que no los ha guiado la pasion? ¿quién sale fiador de su imparcialidad? ¿cuántos son los que han escrito la historia del modo que se necesita para enseñarnos la filosofía que le corresponde? Batallas, negociaciones, intrigas palaciegas, vidas y muertes de principes, cambios de dinastías, de formas políticas, á esto se reducen la mayor parte de las historias; nada que nos pinte al individuo con sus ideas, sus afectos, sus necesidades, sus gustos, sus caprichos, sus costumbres; nada que nos haga asistir á la vida íntima de las familias y de los pueblos; nada que en el estudio de la historia nos haga comprender la marcha de la humanidad. Siempre en la política, es decir, en la superficie; siempre en lo abultado y ruidoso, nunca en las entrañas de la sociedad, en la naturaleza de las cosas, en aquellos sucesos que por recónditos y de poca apariencia, no dejan de ser de la mayor importancia.

En la actualidad se conoce ya este vacío, y se trabaja por llenarle. No se escribe la historia sin que se procure filosofar sobre ella. Esto que en sí es muy bueno, tiene otro inconveniente, cual es, que en lugar de la verdadera filosofía de la historia se nos propina con frecuencia la filosofía del historiador. Mas vale no filosofar que filosofar mal; si queriendo profundizar la historia la trastorno, preferible seria que me atuviese al sistema de nombres y fechas.

§ II.

Se indica un medio para adelantar en la filosofía de la historia.

Preciso es leer las historias, y á falta de otras, debe uno atenerse á las que existen; sin embargo yo me inclino á que este estudio no basta para aprender la filosofía de la historia. Hay otro mas á propósito, y que hecho con discernimiento, es de un efecto seguro: el estudio inmediato de los monumentos de la época. Digo inmediato, esto es, que conviene no atenerse á lo que nos dice de ellos el historiador, sino verlos con los propios ojos.

Pero este trabajo, se me dirá, es muy pesado, para muchos imposible, difícil para todos. No niego la fuerza de esta observacion; pero sostengo que en muchos casos, el método que propongo ahorra tiempo y fatigas. La vista de un edificio, la lectura de un documento, un hecho, una palabra al parecer insignificantes y en que no ha reparado el historiador, nos dicen mucho mas y mas claro, y mas verdadero y exacto, que todas sus narraciones.

Un historiador se propone retratarme la sencillez de las costumbres patriarcales; recoge abundantes noticias sobre los tiempos mas remotos, y agota el caudal de su erudicion, filosofía y elocuencia, para hacerme comprender lo que eran aquellos tiempos y aquellos hombres, y ofrecerme lo que se llama una descripcion completa. A pesar de cuanto me dice, yo encuentro otro medio mas sencillo, cual es el asistir á las escenas donde se me presenta en movimiento y vida lo que trato de conocer. Abro los escritores de aquellas épocas, que no son ni en tanto número, ni tan voluminosos, y allí encuentro retratos fieles que enseñan y deleitan. La Biblia y Homero nada me dejan que desear.

§ III.

Aplicacion á la historia del espíritu humano.

La inteligencia humana tiene su historia, como la tienen los sucesos exteriores; historia tanto mas preciosa, cuanto nos retrata lo mas íntimo del hombre, y lo que ejerce sobre él poderosa influencia. Hállanse á cada paso descripciones de escuelas, y del carácter y tendencia del pensamiento en esta ó aquella época; es decir que son muchos los historiadores del entendimiento; pero si se desea saber algo mas que cuatro generalidades, siempre inexactas, y á menudo totalmente falsas, es preciso aplicar la regla establecida: leer los autores de la época que se desea conocer. Y no se crea que es absolutamente necesario revolverlos todos, y que así este método se haga impracticable para el mayor número de los lectores; una sola página de un escritor nos pinta mas al vivo su espíritu y su época que cuanto podrian decirnos los mas minuciosos historiadores.