No participo yo del mal humor de Hobbes contra las matemáticas, y, entusiasta como soy de sus adelantos y profundamente convencido como estoy de las ventajas que su estudio acarrea á las demás ciencias y á la sociedad, mal pudiera tratar, ni de disminuir su mérito, ni de disputarles ninguno de los títulos que las ennoblecen; pero, ¿quién diría que ni ellas se exceptúan de la regla general? ¿faltan acaso en ellas puntos débiles, senderos tenebrosos?
Por cierto que, al exponerse los primeros principios de estas ciencias, consideradas en toda su abstracción, y al deducir las proposiciones más elementales, camina el entendimiento por un terreno llano, desembarazado, donde ni se ofrece siquiera la idea de que pueda ocurrir el más ligero tropiezo. Prescindiré ahora de las sombras que hasta sobre este camino podrían esparcir la ideología y la metafísica, si se presentasen á disputar sobre algunos puntos, aun buscando su apoyo en los escritos de filósofos aventajados; pero, ciñéndonos al círculo en que naturalmente se encierran las matemáticas, ¿quién de los versados en ellas ignora que, avanzando en sus teorías, se encuentran ciertos puntos donde el entendimiento tropieza con una sombra; donde, á pesar de tener á la vista la demostración, y de haberla empleado en todas sus partes, se halla como fluctuante, sintiendo un no sé qué de incertidumbre, de que apenas acierta á darse cuenta á sí propio? ¿Quién no ha experimentado que, á veces, después de dilatados raciocinios, al divisar la verdad, se halla uno como si hubiera descubierto la luz del día, pero después de haber andado largo trecho á obscuras, por un camino cubierto? Fijando entonces vivamente la atención sobre aquellos pensamientos que divagan por la mente como exhalaciones momentáneas, sobre aquellos movimientos casi imperceptibles que en tales casos nacen y mueren de continuo en nuestra alma, se nota que el entendimiento, en medio de sus fluctuaciones, extiende la mano sin advertirlo al áncora que le ofrece la autoridad ajena, y que, para asegurarse, hace desfilar delante de sus ojos la sombra de algunos matemáticos ilustres, y el corazón como que se alegra de que aquello esté ya enteramente fuera de duda, por haberlo visto de una misma manera una serie de hombres grandes. ¿Y qué? ¿se sublevarán tal vez la ignorancia y el orgullo contra semejantes reflexiones? Estudiad esas ciencias, ó, cuando menos, leed su historia, y os convenceréis de que también se encuentran en ellas abundantes pruebas de la debilidad del entendimiento del hombre.
La portentosa invención de Newton y Leibnitz ¿no encontró en Europa numerosos adversarios? ¿no necesitó para solidarse bien, el que pasara algún tiempo, y que la piedra de toque de las aplicaciones viniese á manifestar la verdad de los principios y la exactitud de los raciocinios? ¿y creéis, por ventura, que si ahora se presentara de nuevo esa invención en el campo de las ciencias, hasta suponiéndola pertrechada de todas las pruebas con que se la ha robustecido, y rodeada de aquella luz con que la han bañado tantas aclaraciones; creéis, por ventura, repito, que no necesitaría también de algún tiempo, para que, afirmada, digámoslo así, con el derecho de prescripción, alcanzase en sus dominios la tranquilidad y sosiego de que actualmente disfruta?
Bien se deja sospechar que no les ha de caber á las demás ciencias escasa parte de esa incertidumbre, que trae su origen de la misma flaqueza del espíritu humano; y, como quiera que en cuanto á ellas apenas me parece posible que haya quien trate de contradecirlo, pasaré á presentar algunas consideraciones sobre el carácter peculiar de las ciencias morales.
Tal vez no se ha reparado bastante que no hay estudio más engañoso que el de las verdades morales; y le llamo engañoso, porque, brindando al investigador con una facilidad aparente, le empeña en pasos en que apenas se encuentra salida. Son como aquellas aguas tranquilas que manifiestan poca profundidad, un fondo falso, pero que encierran un insondable abismo. Familiarizados nosotros con su lenguaje desde la más tierna infancia; viendo en rededor nuestro sus continuas aplicaciones; sintiendo que se nos presentan como de bulto, y hallándonos con cierta facilidad de hablar de repente sobre muchos de sus puntos, persuadímonos con ligereza de que tampoco nos ha de ser difícil un estudio profundo de sus más altos principios, y de sus relaciones más delicadas; y ¡cosa admirable! apenas salimos de la esfera del sentido común, apenas tratamos de desviarnos de aquellas expresiones sencillas, las mismas que balbucientes pronunciábamos en el regazo de nuestra madre, nos hallamos en el más confuso laberinto. Entonces, si el entendimiento se abandona á sus cavilaciones; si no escucha la voz del corazón, que le habla con tanta sencillez como elocuencia; si no templa aquella fogosidad que le comunica el orgullo; si con loco desvanecimiento no atiende á lo que le prescribe el cuerdo buen sentido, llega hasta el exceso de despreciar el depósito de aquellas tan saludables como necesarias verdades que conserva la sociedad para irlas transmitiendo de generación en generación; y, marchando solo, á tientas, en medio de las más densas tinieblas, acaba por derrumbarse en aquellos precipicios de extravagancias y delirios de que la historia de las ciencias nos ofrece tan repetidos y lamentables ejemplos.
Si bien se observa, se nota una cosa semejante en todas las ciencias; porque el Criador ha querido que no nos faltaran aquellos conocimientos que nos eran necesarios para el uso de la vida, y para llegar á nuestro destino; pero no ha querido complacer nuestra curiosidad, descubriéndonos verdades que para nada nos eran necesarias. Sin embargo, en algunas materias ha comunicado al entendimiento cierta facilidad que le hace capaz de enriquecer de continuo sus dominios; pero, en orden á las verdades morales, le ha dejado en una esterilidad completa: lo que necesitaba saber, ó se lo ha grabado con caracteres muy sencillos é inteligibles en el fondo de su corazón, ó se lo ha consignado de un modo muy expreso y terminante en el Sagrado Texto, mostrándole una regla fija en la autoridad de la Iglesia, á donde podía acudir para aclarar sus dudas; pero, por lo demás, le ha dejado de manera que, si se trata de cavilar y espaciarse á su capricho, recorre de continuo un mismo camino, lo hace y deshace mil veces; encontrando en un extremo el escepticismo, en el otro la verdad pura.
Algunos ideólogos modernos reclamarán, tal vez, contra reflexiones semejantes, y mostrarán en contra de esta aserción el fruto de sus trabajos analíticos. «Cuando no se había descendido al análisis de los hechos, dirán ellos; cuando se divagaba entre sistemas aéreos, y se recibían palabras sin examen ni discernimiento, entonces pudiera ser verdad todo esto; pero ahora, cuando las ideas de bien y mal moral las hemos aclarado nosotros tan completamente, que hemos deslindado lo que había en ellas de preocupación y de filosofía; que hemos asentado todo el sistema de moral sobre principios tan sencillos, como son el placer y el dolor; que hemos dado en estas materias ideas tan claras, como son las varias sensaciones que nos causa una naranja; ahora, decir todo esto, es ser ingrato con las ciencias; es desconocer el fruto de nuestros sudores.» Ni me son desconocidos los trabajos de algunos nuevos ideólogo-moralistas, ni la engañosa sencillez con que desenvuelven sus teorías, dando á las más difíciles materias un aspecto de facilidad y llaneza, que, al parecer, debe de estar todo al alcance de las inteligencias más limitadas: no es éste el lugar á propósito para examinar esas teorías, esas investigaciones analíticas; observaré, no obstante, que, á pesar de tanta sencillez, no parece que se vaya en pos de ellos ni la sociedad, ni la ciencia; y que sus opiniones, sin embargo de ser recientes, son ya viejas. Y no es extraño, porque fácilmente se había de ocurrir que, á pesar de su positivismo, si puedo valerme de esta palabra, son tan hipotéticos esos ideólogos, como muchos de los antecesores á quienes ellos motejan y desprecian. Escuela pequeña y de espíritu limitado, que, sin estar en posesión de la verdad, no tiene siquiera aquella belleza con que hermosean á otras los brillantes sueños de grandes hombres; escuela orgullosa y alucinada, que cree profundizar un hecho, cuando le obscurece, y afianzarle, sólo porque le asevera; y que, en tratándose de relaciones morales, se figura que analiza el corazón, sólo porque le descompone y diseca.
Si tal es nuestro entendimiento, si tanta es su flaqueza con respecto á todas las ciencias, si tanta es su esterilidad en los conocimientos morales, que no ha podido adelantar un ápice sobre lo que le ha enseñado la bondadosa Providencia, ¿qué beneficio ha hecho el Protestantismo á las sociedades modernas, quebrantando la fuerza de la autoridad, única capaz de poner un dique á lamentables extravíos?[9]