Y los fundadores de las órdenes religiosas ¿qué muestras nos dan de fanatismo? Aun cuando prescindiéramos del profundo respeto que se merecen sus virtudes, y de la gratitud con que debe corresponderles la humanidad por los beneficios inestimables que han dispensado; aun cuando diéramos por supuesto que se engañaron en todas sus inspiraciones, podríamos apellidarlos ilusos, más no fanáticos. En efecto: nada encontramos en ellos, ni de frenesí, ni de violencia; son hombres que desconfían de sí mismos; que, á pesar de creerse llamados por el cielo para algún grande objeto, no se atreven á poner manos á la obra sin haberse postrado antes á los pies del Sumo Pontífice, sometiendo á su juicio las reglas en que pensaban cimentar la nueva orden, pidiéndole sus luces, sujetándose dócilmente á su fallo, y no realizando nada sin haber obtenido su licencia. ¿Qué semejanza hay, pues, de los fundadores de las órdenes religiosas con esos fanáticos que arrastran en pos de sí una muchedumbre de furibundos, que matan, destruyen por todas partes, dejando por doquiera regueros de sangre y de ceniza? En los fundadores de las órdenes religiosas vemos á un hombre que, dominado fuertemente por una idea, se empeña en llevarla á cabo, aun á costa de los mayores sacrificios; pero vemos siempre una idea fija, desenvuelta en un plan ordenado, teniendo á la vista algún objeto altamente religioso y social; y, sobre todo, vemos ese plan sometido al juicio de una autoridad, examinado con madura discusión, y enmendado, ó retocado, según parece más conforme á la prudencia. Para un filósofo imparcial, sean cuales fueren sus opiniones religiosas, podrá haber en todo esto más ó menos ilusión, más ó menos preocupación, más ó menos prudencia y acierto; pero, fanatismo, no, de ninguna manera, porque nada hay aquí que presente semejante carácter.[12]


CAPITULO IX

El fanatismo de secta, nutrido y avivado en Europa por la inspiración privada del Protestantismo, es ciertamente una llaga muy profunda y de mucha gravedad; pero no tiene, sin embargo, un carácter tan maligno y alarmante como la incredulidad y la indiferencia religiosa: males funestos que las sociedades modernas tienen que agradecer en buena parte á la pretendida reforma. Radicados en el mismo principio que es la base del Protestantismo; ocasionados y provocados por el escándalo de tantas y tan extravagantes sectas que se apellidan cristianas, empezaron á manifestarse con síntomas de gravedad ya en el mismo siglo xvi. Andando el tiempo, llegaron á extenderse de un modo terrible, filtrándose en todos los ramos científicos y literarios, comunicando su expresión y sabor á los idiomas, y poniendo en peligro todas las conquistas que en pro de la civilización y cultura había hecho por espacio de muchos siglos el linaje humano.

En el mismo siglo xvi, en el mismo calor de las disputas y guerras religiosas encendidas por el Protestantismo, cundía la incredulidad de un modo alarmante; y es probable que sería más común de lo que aparentaba, pues que no era fácil quitarse de repente la máscara, cuando, poco antes, estaban tan profundamente arraigadas las creencias religiosas. Es muy verosímil que andaría disfrazada la incredulidad con el manto de la reforma; y que, ora alistándose bajo la bandera de una secta, ora pasando á la de otra, trataría de enflaquecerlas á todas para levantar su trono sobre la ruina universal de las creencias.

No es necesario ser muy lógico para pasar del Protestantismo al Deísmo, y de éste al Ateísmo no hay más que un paso; y es imposible que, al tiempo de la aparición de los nuevos errores, no hubiese muchos hombres reflexivos que desenvolviesen el sistema hasta sus últimas consecuencias. La religión cristiana, tal como la conciben los protestantes, es una especie de sistema filosófico más ó menos razonable; pues que, examinada á fondo, pierde el carácter de divina; y, en tal caso, ¿cómo podrá señorear un ánimo que á la reflexión y á las meditaciones reuna espíritu de independencia? Y, á decir verdad, una sola ojeada sobre el comienzo del Protestantismo debía de arrojar hasta el escepticismo religioso á todos los hombres que, no siendo fanáticos, no estaban, por otra parte, aferrados con el áncora de la autoridad de la Iglesia; porque tal es el lenguaje y la conducta de los corifeos de las sectas, que brota naturalmente en el ánimo una vehemente sospecha de que aquellos hombres se burlaban completamente de todas las creencias cristianas; que encubrían su ateísmo ó indiferencia asentando doctrinas extrañas que pudieran servir de enseña para reunir prosélitos; que extendían sus escritos con la más insigne mala fe, encubriendo el pérfido intento de alimentar en el ánimo de sus secuaces el fanatismo de secta.

Esto es lo que dictaba al padre del célebre Montagne el simple buen sentido, pues, aunque sólo alcanzó los primeros principios de la reforma, sabemos que decía: «este principio de enfermedad degenerará en un execrable ateísmo»; testimonio notable, cuya conservación debemos á un escritor que, por cierto, no era apocado ni fanático: á su hijo Montagne. (Ensayos, de Montagne, 1. 2, c. 12.) Tal vez no presagiaría ese hombre, que con tanta cordura juzgaba la verdadera tendencia del Protestantismo, que fuese su hijo una confirmación de sus predicciones; porque es bien sabido que Montagne fué uno de los primeros escépticos, que figuraron con gran nombradía en Europa. Por aquellos tiempos era menester andar con cuidado en manifestarse ateo ó indiferente, aun entre los mismos protestantes; pero, aun cuando sea fácil sospechar que no todos los incrédulos tendrían el atrevimiento de Gruet, por cierto que no ha de costar trabajo el dar crédito al célebre toledano Chacón, cuando, al empezar el último tercio del siglo xvii, decía que la «herejía de los ateístas, de los que nada creen, andaba muy válida en Francia y en otras partes».

Seguían ocupando la atención de todos los sabios de Europa las controversias religiosas, y, entre tanto, la gangrena de la incredulidad avanzaba de un modo espantoso; por manera que, al promediar el siglo xvi, se conoce que el mal se presentaba bajo un aspecto alarmante. ¿Quién no ha leído con asombro los profundos pensamientos de Pascal sobre la indiferencia en materias de religión? ¿quién no ha percibido en ellos aquel acento conmovido, que nace de la viva impresión causada en el ánimo por la presencia de un mal terrible?

Se conoce que á la sazón estaban ya muy adelantadas las cosas, y que la incredulidad se hallaba ya muy cercana á poder presentarse como una escuela que se colocara al lado de las demás que se disputaban la preferencia en Europa. Con más ó menos disfraz habíase ya presentado desde mucho tiempo en el socinianismo; pero esto no era bastante, porque el socinianismo llevaba al menos el nombre de una secta religiosa, y la religión empezaba á sentirse demasiado fuerte para que no pudiera apellidarse ya con su propio nombre.

El último tercio del siglo xvii nos presenta una crisis muy notable con respecto á la religión: crisis que tal vez no ha sido bien reparada, pero que se dió á conocer por hechos muy palpables. Esta crisis fué un cansancio de las disputas religiosas marcada en dos tendencias diametralmente opuestas, y, sin embargo, muy naturales: la una hacia el Catolicismo, la otra hacia el Ateísmo.