Y cuando los otros pueblos tienden á la unidad, ¿podría prevalecer el desbarro de que nosotros nos encamináramos al cisma? Cuando los demás pueblos se alegrarían infinito de que subsistiera entre ellos algún principio vital que pudiese restablecerles las fuerzas que les ha quitado la incredulidad, España, que conserva el Catolicismo, y todavía solo, todavía poderoso, ¿admitiría en su seno ese germen de muerte que la imposibilitaría de recobrarse de sus dolencias, que aseguraría, á no dudarlo, su completa ruina? En esa regeneración moral á que aspiran los pueblos, anhelantes por salir de la posición angustiosa en que los colocaron las doctrinas irreligiosas, ¿será posible que no se quiera parar la atención en la inmensa ventaja que la España lleva á muchos de ellos, por ser uno de los menos tocados de la gangrena de la irreligión, y por conservar todavía la unidad religiosa, inestimable herencia de una larga serie de siglos? ¿Será posible que no se advierta lo que puede ser esa unidad, si la aprovechamos cual merece; esa unidad, que se enlaza con todas nuestras glorias, que despierta tan bellos recuerdos, y tan admirablemente podría servir para elemento de regeneración en el orden social?
Si se pregunta lo que pienso sobre la proximidad del peligro, y si las tentativas que están haciendo los protestantes para este efecto, tienen alguna probabilidad de resultado, responderé con alguna distinción. El Protestantismo es profundamente débil, ya por su naturaleza, y, además, por ser viejo y caduco; tratando de introducirse en España, ha de luchar con un adversario lleno de vida y robustez, y que está muy arraigado en el país; y por esta causa, y bajo este aspecto, no puede ser temible su acción. Pero, ¿quién impide que, si llegase á establecerse en nuestro suelo, por más reducido que fuera su dominio, no causara terribles males?
Por de pronto, salta á la vista que tendríamos otra manzana de discordia, y no es difícil columbrar las colisiones que ocasionaría á cada paso. Como el Protestantismo en España, á más de su debilidad intrínseca, tendría la que le causara el nuevo clima en que se hallaría tan falto de su elemento, viérase forzado á buscar sostén arrimándose á cuanto le alargase la mano; entonces es bien claro que serviría como un punto de reunión para los descontentos; y, ya que se apartase de su objeto, fuera cuando menos un núcleo de nuevas facciones, una bandera de pandillas. Escándalos, rencores, desmoralización, disturbios, y quizás catástrofes, he aquí el resultado inmediato, infalible, de introducirse entre nosotros el Protestantismo: apelo á la buena fe de todo hombre que conozca medianamente al pueblo español.
Pero no está todo aquí; la cuestión se ensancha y adquiere una importancia incalculable, si se la mira en sus relaciones con la política extranjera. ¿Qué palanca tendría entonces para causar en nuestra desgraciada patria toda clase de sacudimientos? ¡Oh! ¡y cómo se asiría ávidamente de ella! ¡cómo trabaja quizás para buscar un punto de apoyo! Hay en Europa una nación temible por su inmenso poderío, respetable por su mucho adelantamiento en las ciencias y artes, y que, teniendo á la mano grandes medios de acción por todo el ámbito de la tierra, sabe desplegarlos con una sagacidad y astucia verdaderamente admirables. Habiendo sido la primera de las naciones modernas en recorrer todas las fases de una revolución religiosa y política, y que en medio de terribles trastornos contemplara las pasiones en toda su desnudez, y el crimen en todas sus formas, se aventaja á las otras en el conocimiento de toda clase de resortes; al paso que, fastidiada de vanos nombres, con que en esas épocas suelen encubrirse las pasiones más viles y los intereses más mezquinos, tiene sobrado embotada su sensibilidad para que puedan fácilmente excitarse en su seno las tormentas que á otros países los inundan de sangre y de lágrimas. No se altera su paz interior en medio de la agitación y del acaloramiento de las discusiones; y, aunque no deje de columbrar en un porvenir más ó menos lejano las espinosas situaciones que podrían acarrearle gravísimos apuros, disfruta entre tanto de aquella calma que le aseguran su constitución, sus hábitos, sus riquezas, y sobre todo el Océano que la ciñe. Colocada en posición tan ventajosa, acecha la marcha de los otros pueblos, para uncirlos á su carro con doradas cadenas, si tienen candor bastante para escuchar sus halagüeñas palabras; ó al menos procura embarazar su marcha y atajar sus progresos, en caso de que con noble independencia traten de emanciparse de su influjo. Atenta siempre á engrandecerse por medio de las artes y comercio, con una política mercantil en grado eminente, cubre, no obstante, la materialidad de los intereses con todo linaje de velos; y si bien, cuando se trata de los demás pueblos, es indiferente del todo á la religión é ideas políticas, sin embargo, se vale diestramente de tan poderosas armas para procurarse amigos, desbaratar á sus adversarios, y envolvernos á todos en la red mercantil que tiene de continuo tendida sobre los cuatro ángulos de la tierra.
No es posible que se escape á su sagacidad lo mucho que tendría adelantado para contar á España en el número de sus colonias, si pudiese lograr que fraternizase con ella en ideas religiosas; no tanto por la buena correspondencia que semejante fraternidad promovería entre ambos pueblos, como porque sería éste el medio más seguro para que el español perdiese del todo ese carácter singular, esa fisonomía austera que le distingue de todos los otros pueblos, olvidando la única idea nacional y regeneradora que ha permanecido en pie en medio de tan espantosos trastornos; quedando así susceptible de toda clase de impresiones ajenas, y dúctil y flexible en todos los sentidos que pudiera convenir á las interesadas miras de los solapados protectores.
No lo olvidemos: no hay nación en Europa que conciba sus planes con tanta previsión, que los prepare con tanta astucia, que los ejecute con tanta destreza, ni que los lleve á cabo con igual tenacidad. Como, después de las profundas revoluciones que la trabajaron, ha permanecido en un estado regular desde el último tercio del siglo xvii, y enteramente extraña á los trastornos sufridos en este período por los demás pueblos de Europa, ha podido seguir un sistema de política concertado, así en lo interior como en lo exterior; y de esta manera sus hombres de gobierno han podido formarse más plenamente, heredando los datos y las miras que guiaron á los antecesores. Conocen sus gobernantes cuán precioso es estar de antemano apercibidos para todo evento; y así no descuidan de escudriñar á fondo qué es lo que hay en cada nación que los pueda ayudar ó contrastar; saliendo de la órbita política, penetran en el corazón de la sociedad sobre la cual se proponen influir; y rastrean allí cuáles son las condiciones de su existencia, cuál es su principio vital, cuáles las causas de su fuerza y energía. Era en el otoño de 1805, y daba Pitt una comida de campo, á la que asistían varios de sus amigos. Llególe entre tanto un pliego en que se le anunciaba la rendición de Mack en Ulma con cuarenta mil hombres, y la marcha de Napoleón sobre Viena. Comunicó la funesta noticia á sus amigos, quienes, al oirla, exclamaron: «Todo está perdido, ya no hay remedio contra Napoleón.» «Todavía hay remedio, replicó Pitt; todavía hay remedio si consigo levantar una guerra nacional en Europa, y esta guerra ha de comenzar en España.» «Sí, señores, añadió después, la España será el primer pueblo donde se encenderá esa guerra patriótica, la sola que puede libertar la Europa.»
Tanta era la importancia que daba ese profundo estadista á la fuerza de una idea nacional, tanto era lo que de ella esperaba; nada menos que hacer lo que no podían todos los esfuerzos de todos los gabinetes europeos: derrocar á Napoleón, libertar la Europa. No es raro que la marcha de las cosas traiga combinaciones tales, que las mismas ideas nacionales que un día sirvieron de poderoso auxiliar á las miras de un gabinete, le salgan otro día al paso, y le sean un poderoso obstáculo: y entonces, lejos de fomentarlas y avivarlas, lo que le interesa es sofocarlas. Lo que puede salvar á una nación libertándola de interesadas tutelas, y asegurándole su verdadera independencia, son ideas grandes y generosas, arraigadas profundamente entre los pueblos; son los sentimientos grabados en el corazón por la acción del tiempo, por la influencia de instituciones robustas, por la antigüedad de los hábitos y de las costumbres; es la unidad de pensamiento religioso, que hace de un pueblo un solo hombre. Entonces lo pasado se enlaza con lo presente, y lo presente se extiende á lo porvenir; entonces brotan á porfía en el pecho aquellos arranques de entusiasmo, manantial de acciones grandes; entonces hay desprendimiento, energía, constancia; porque hay en las ideas fijeza y elevación, porque hay en los corazones generosidad y grandeza.
No fuera imposible que en algunos de los vaivenes que trabajan á esta nación desventurada, tuviéramos la desgracia de que se levantasen hombres bastante ciegos para ensayar la insensata tentativa de introducir en nuestra patria la religión protestante. Estamos demasiado escarmentados para dormir tranquilos, y no se han olvidado sucesos que indican á las claras hasta dónde se hubiera ya llegado algunas veces, si no se hubiese reprimido la audacia de ciertos hombres con el imponente desagrado de la inmensa mayoría de la nación. Y no es que se conciban siquiera posibles las violencias del reinado de Enrique VIII; pero sí que podría suceder que, aprovechándose de una fuerte ruptura con la Santa Sede, de la terquedad y ambición de algunos eclesiásticos, del pretexto de aclimatar en nuestro suelo el espíritu de tolerancia, ó de otros motivos semejantes, se tantease con este ó aquel nombre, que eso poco importa, el introducir entre nosotros las doctrinas protestantes.
Y no sería por cierto la tolerancia lo que se nos importaría del extranjero, pues que ésta ya existe de hecho, y tan amplia, que seguramente nadie recela el ser perseguido, ni aun molestado, por sus opiniones religiosas; lo que se nos traería y se trabajaría por plantear, fuera un nuevo sistema religioso, pertrechándole de todo lo necesario para alcanzar predominio, y para debilitar, ó destruir, si fuera posible, el Catolicismo. Y mucho me engaño, si en la ceguedad y rencor que han manifestado algunos de nuestros hombres que se dicen de gobierno, no encontrase en ellos decidida protección el nuevo sistema religioso, una vez le hubiéramos admitido. Cuando se trataría de admitirle, se nos presentaría quizás el nuevo sistema en ademán modesto, reclamando tan sólo habitación, en nombre de la tolerancia y de la hospitalidad; pero bien pronto le viéramos acrecentar su osadía, reclamar derechos, extender sus pretensiones, y disputar á palmos el terreno de la religión católica. Resonaran entonces con más y más vigor aquellas rencorosas y virulentas declamaciones que tan fatigados nos traen por espacio de algunos años; esos ecos de una escuela que delira porque está por expirar. El desvío con que mirarían los pueblos á la pretendida reforma, sería, á no dudarlo, culpado de rebeldía; las pastorales de los obispos serían calificadas de insidiosas sugestiones; el celo fervoroso de los sacerdotes católicos, acusado de provocación sediciosa, y el concierto de los fieles para preservarse de la infección, sería denunciado como una conjuración diabólica, urdida por la intolerancia y el espíritu de partido, y confiada en su ejecución á la ignorancia y al fanatismo.