Con sólo dar una mirada al Protestantismo, ora se le considere en su estado actual, ora en las varias fases de su historia, siéntese desde luego la suma dificultad de encontrar en él nada de constante, nada que pueda señalarse como su principio constitutivo: porque, incierto en sus creencias, las modifica de continuo, y las varía de mil maneras; vago en sus miras, y fluctuante en sus deseos, ensaya todas las formas, tantea todos los caminos; y, sin que alcance jamás una existencia bien determinada, sigue siempre con paso mal seguro nuevos rumbos, no logrando otro resultado que enredarse en más intrincados laberintos.

Los controversistas católicos le han perseguido y acosado en todas direcciones; pero, si les preguntáis con qué resultado, os dirán que han tenido que habérselas con un nuevo Proteo, que, próximo á recibir un golpe, le eludía, cambiando de forma. Y en efecto, si se quiere atacar al Protestantismo en sus doctrinas, no se sabe á dónde dirigirse; porque no se sabe nunca cuáles son éstas, y aun él propio lo ignora; pudiendo decirse que bajo este aspecto el Protestantismo es invulnerable, porque invulnerable es lo que carece de cuerpo. Ésta es la razón de no haberse encontrado arma más á propósito para combatirle que la empleada por el ilustre obispo de Meaux: Tú varías, y lo que varía no es verdad. Arma muy temida por el Protestantismo, y, por cierto, digna de serlo; pues que todas las transformaciones que se empleen para eludir su golpe, sólo sirven para hacerle más certero y más recio. ¡Qué pensamiento tan cabal el de ese grande hombre! El solo título de la obra debió hacer temblar á los protestantes: es la Historia de las variaciones; y una historia de variaciones es la historia del error.[1]

Esta variedad, que no debe mirarse como extraña en el Protestantismo, antes sí como natural y muy propia, al paso que nos indica que él no está en posesión de la verdad, nos revela también que el principio que le mueve y le agita, no es un principio de vida, sino un elemento disolvente. Hasta ahora siempre se le ha pedido en vano que asentase en alguna parte el pie, y presentase un cuerpo uniforme y compacto; y en vano será también pedírselo en adelante, porque vano es pedir asiento fijo á lo que está fluctuando en la vaguedad de los aires; y mal puede formarse un cuerpo compacto por medio de un elemento, que tiende de continuo á separar las partes, disminuyendo siempre su afinidad, y comunicándoles nuevas fuerzas para repelerse y rechazarse. Bien se deja entender que estoy hablando del examen privado en materias de fe; ya sea que para el fallo se cuente con la sola luz de la razón, ó con particulares inspiraciones del cielo. Si algo puede encontrarse de constante en el Protestantismo, es este espíritu de examen; es el substituir á la autoridad pública y legítima, el dictamen privado: esto se encuentra siempre junto al Protestantismo, mejor diremos, en lo más íntimo de su seno; éste es el único punto de contacto de todos los protestantes, el fundamento de su semejanza; y es bien notable que se verifica todo esto á veces sin su designio, á veces contra su expresa voluntad.

Pésimo y funesto como es semejante principio, sí al menos los corifeos del Protestantismo le hubieran proclamado como seña de combate, apoyándole, empero, siempre con su doctrina, y sosteniéndole con su conducta, hubieran sido consecuentes en el error, y, al verles caer de precipicio en precipicio, se habría conocido que era efecto de un mal sistema, pero que, bueno ó malo, era al menos un sistema. Pero ni esto siquiera: y, examinando las palabras y hechos de los primeros novadores, se nota que, si bien echaron mano de ese funesto principio, fué para resistir á la autoridad que los estrechaba; pero, por lo demás, nunca pensaron en establecerle completamente. Trataron, sí, de derribar la autoridad legítima, pero con el fin de usurpar ellos el mando; es decir, que siguieron la conducta de los revolucionarios de todas clases, tiempos y países: quieren echar al suelo el poder existente, para colocarse ellos en su lugar. Nadie ignora hasta qué punto llevaba Lutero su frenética intolerancia; no pudiendo sufrir, ni en sus discípulos, ni en los demás, la menor contradicción á cuanto le pluguiese á él establecer, sin entregarse á los más locos arrebatos, sin permitirse los más soeces dicterios. Enrique VIII, el fundador en Inglaterra de lo que se llama independencia del pensamiento, enviaba al cadalso á cuantos no pensaban como él; y á instancias de Calvino fué quemado vivo en Ginebra Miguel Servet.

Llamo tan particularmente la atención sobre este punto, porque me parece muy importante el hacerlo: el hombre es muy orgulloso, y, al oir que se deja como sentado que los novadores del siglo xvi proclamaron la independencia del pensamiento, sería posible que algunos incautos tomaran por aquellos corifeos un secreto interés, mirando sus violentas peroratas como la expresión de un arranque generoso, y contemplando sus esfuerzos como dirigidos á la vindicación de los derechos del entendimiento. Sépase, pues, para no olvidarse jamás, que aquellos hombres proclamaban el principio del libre examen, sólo para escudarse contra la legítima autoridad; pero que en seguida trataban de imponer á los demás el yugo de las doctrinas que ellos habían forjado. Se proponían destruir la autoridad emanada de Dios, y sobre las ruinas de ella establecer la suya propia. Doloroso es el verse precisado á presentar las pruebas de esta aserción: no porque no se ofrezcan en abundancia, sino porque, si se quiere echar mano de las más seguras é incontestables, hay que recordar palabras y hechos que, si bien cubren de oprobio á los fundadores del Protestantismo, tampoco es grato el traerlos á la memoria; porque al pronunciar tales cargos la frente se ruboriza, y al consignarlos en un escrito parece que el papel se mancha.[2]

Mirado en globo el Protestantismo, sólo se descubre en él un informe conjunto de innumerables sectas, todas discordes entre sí, y acordes sólo en un punto: en protestar contra la autoridad de la Iglesia. Ésta es la causa de que sólo se oigan entre ellas nombres particulares y exclusivos, por lo común sólo derivados del fundador de la secta; y que, por más esfuerzos que hayan hecho, no han alcanzado jamás á darse un nombre general, expresivo al mismo tiempo de una idea positiva; de suerte que hasta ahora sólo se denominan á la manera de las sectas filosóficas. Luteranos, calvinistas, zuinglianos, anglicanos, socinianos, arminianos, anabaptistas, y la interminable cadena que podría recordar, son nombres que muestran plenamente la estrechez y mezquindad del círculo en que se encierran sus sectas; y basta pronunciarlos para notar que no hay en ellos nada de general, nada de grande. Á quien conozca medianamente la religión cristiana, parece que esto debería bastarle para convencerse de que estas sectas no son verdaderamente cristianas; pero lo singular, lo más notable, es lo que ha sucedido con respecto á encontrar un nombre general. Recorred su historia, y veréis que tantea varios, pero ninguno le cuadra, en encerrándose en ellos algo de positivo, algo de cristiano; pero, al ensayar uno como recogido al acaso en la Dieta de Espira, uno que en sí propio lleva su condenación, porque repugna al origen, al espíritu, á las máximas, á la historia entera de la religión cristiana; un nombre que nada expresa de unidad, ni de unión; es decir, nada de aquello que es inseparable del nombre cristiano; un nombre que no envuelve ninguna idea positiva, que nada explica, nada determina; al ensayar éste, se le ha ajustado perfectamente, todo el mundo se lo ha adjudicado por unanimidad, por aclamación; y es porque era el suyo: Protestantismo.[3]

En el vago espacio señalado por este nombre, todas las sectas se acomodan, todos los errores tienen cabida: negad con los luteranos el libre albedrío, renovad con los arminianos los errores de Pelagio, admitid la presencia real con unos, desechadla luego con los zuinglianos y calvinistas; si queréis, negad con los socinianos la divinidad de Jesucristo, adheríos á los episcopales ó á los puritanos, daos si os viniera en gana á las extravagancias de los cuáqueros, todo esto nada importa: no dejáis por ello de ser protestantes, porque todavía protestáis contra la autoridad de la Iglesia. Es ése un espacio tan anchuroso, del que apenas podréis salir, por grandes que sean vuestros extravíos: es todo el vasto terreno que descubrís en saliendo fuera de las puertas de la Ciudad Santa.[4]


CAPITULO II

Pero, ¿cuáles fueron las causas de que apareciese en Europa el Protestantismo, y de que tomase tanta extensión é incremento? Digna es, por cierto, tal cuestión de ser examinada con mucho detenimiento, ya por la importancia que encierra en sí propia, ya también porque, llamándonos á investigar el origen de semejante plaga, nos guía al lugar más á propósito para que podamos formarnos una idea más cabal de la naturaleza y relaciones de ese fenómeno, tan observado como mal definido.