¿En qué estado encontró al mundo el Cristianismo? Pregunta es ésta en que debemos fijar mucho nuestra atención, si queremos apreciar debidamente los beneficios dispensados por esa religión divina al individuo y á la sociedad; si deseamos conocer el verdadero carácter de la civilización cristiana.

Sombrío cuadro, por cierto, presentaba la sociedad en cuyo centro nació el Cristianismo. Cubierta de bellas apariencias, y herida en su corazón con enfermedad de muerte, ofrecía la imagen de la corrupción más asquerosa, velada con el brillante ropaje de la ostentación y de la opulencia. La moral sin base, las costumbres sin pudor, sin freno las pasiones, las leyes sin sanción, la religión sin Dios, flotaban las ideas á merced de las preocupaciones, del fanatismo religioso, y de las cavilaciones filosóficas. Era el hombre un hondo misterio para sí mismo, y ni sabía estimar su dignidad, pues que consentía que se le rebajase al nivel de los brutos; ni, cuando se empeñaba en ponderarla, acertaba á contenerse en los lindes señalados por la razón y la naturaleza: siendo á este propósito bien notable que, mientras una gran parte del humano linaje gemía en la más abyecta esclavitud, se exaltasen con tanta facilidad los héroes, y hasta los más detestables monstruos, sobre las aras de los dioses.

Con semejantes elementos debía cundir tarde ó temprano la disolución social; y, aun cuando no hubiera sobrevenido la violenta arremetida de los bárbaros, más ó menos tarde aquella sociedad se hubiera trastornado: porque no había en ella ni una idea fecunda, ni un pensamiento consolador, ni una vislumbre de esperanza que pudiese preservarla de la ruina.

La idolatría había perdido su fuerza: resorte gastado con el tiempo y por el uso grosero que de él habían hecho las pasiones; expuesta su frágil contextura al disolvente fuego de la observación filosófica, estaba en extremo desacreditada; y, si, por efecto de arraigados hábitos, ejercía sobre el ánimo de los pueblos algún influjo maquinal, no era éste capaz ni de restablecer la harmonía de la sociedad, ni de producir aquel fogoso entusiasmo inspirador de grandes acciones: entusiasmo que, en tratándose de corazones vírgenes, puede ser excitado hasta por la superstición más irracional y absurda. Á juzgar por la relajación de costumbres, por la flojedad de los ánimos, por la afeminación y el lujo, por el completo abandono á las más repugnantes diversiones y asquerosos placeres, se ve claro que las ideas religiosas nada conservaban de aquella majestad que notamos en los tiempos heroicos; y que, faltas de eficacia, ejercían sobre el ánimo de los pueblos escaso ascendiente, mientras servían de un modo lamentable como instrumentos de disolución. Ni era posible que sucediese de otra manera: pueblos que se habían levantado al alto grado de cultura de que pueden gloriarse griegos y romanos; que habían oído disputar á sus sabios sobre las grandes cuestiones acerca de la Divinidad y el hombre, no era regular que permaneciesen en aquella candidez que era necesaria para creer de buena fe los intolerables absurdos de que rebosa el paganismo: y, sea cual fuere la disposición de ánimo de la parte más ignorante del pueblo, á buen seguro que lo creyeran cuantos se levantaban un poco sobre el nivel regular, ellos que acababan de oir filósofos tan cuerdos como Cicerón, y que se estaban saboreando en las maliciosas agudezas de sus poetas satíricos.

Si la religión era impotente, quedaba, al parecer, otro recurso: la ciencia. Antes de entrar en el examen de lo que podía esperarse de ella, es necesario observar que jamás la ciencia fundó una sociedad, ni jamás fué bastante á restituirle el equilibrio perdido. Revuélvase la historia de los tiempos antiguos: hallaránse al frente de algunos pueblos hombres eminentes que, ejerciendo un mágico influjo sobre el corazón de sus semejantes, dictan leyes, reprimen abusos, rectifican las ideas, enderezan las costumbres, y asientan sobre sabias instituciones un gobierno, labrando más ó menos cumplidamente la dicha y la prosperidad de los pueblos que se entregaron á su dirección y cuidado. Pero muy errado anduviera quien se figurase que esos hombres procedieron á consecuencia de lo que nosotros llamamos combinaciones científicas: sencillos por lo común, y hasta rudos y groseros, obraban á impulsos de su buen corazón, y guiados por aquel buen sentido, por aquella sesuda cordura que dirigen al padre de familia en el manejo de los negocios domésticos; mas nunca tuvieron por norma esas miserables cavilaciones que nosotros apellidamos teorías, ese fárrago indigesto de ideas que nosotros disfrazamos con el pomposo nombre de ciencia. ¿Y qué? ¿fueron acaso los mejores tiempos de la Grecia aquellos en que florecieron los Platones y los Aristóteles? Aquellos fieros romanos que sojuzgaron el mundo, no poseían, por cierto, la extensión y variedad de conocimientos que admiramos en el siglo de Augusto: y ¿quién trocara, sin embargo, unos tiempos con otros tiempos, unos hombres con otros hombres?

Los siglos modernos podrían también suministrarnos abundantes pruebas de la esterilidad de la ciencia en las instituciones sociales; cosa tanto más fácil de notar, cuando son tan patentes los resultados prácticos que han dimanado de las ciencias naturales. En éstas diríase que se ha concedido al hombre lo que en aquéllas le fué negado; si bien que, mirada á fondo la cosa, no es tanta la diferencia como á primera vista pudiera parecer. Cuando el hombre trata de hacer aplicación de los conocimientos que ha adquirido sobre la naturaleza, se ve forzado á respetarla; y como, aunque quisiese, no alcanzara con su débil mano á causarle considerable trastorno, se limita en sus ensayos á tentativas de poca monta, excitándole el mismo deseo del acierto, á obrar conforme á las leyes á que están sujetos los cuerpos sobre los cuales se ejercita. En las aplicaciones de las ciencias sociales sucede muy de otra manera: el hombre puede obrar directa á inmediatamente sobre la misma sociedad; con su mano puede trastornarla, no se ve por precisión limitado á practicar sus ensayos en objetos de poca entidad y respetando las eternas leyes de las sociedades, sino que puede imaginarlas á su gusto, proceder conforme á sus cavilaciones, y acarrear desastres de que se lamente la humanidad. Recuérdense las extravagancias que sobre la naturaleza han corrido muy válidas en las escuelas filosóficas antiguas y modernas, y véase lo que hubiera sido de la admirable máquina del universo, si los filósofos la hubieran podido manejar á su arbitrio. Por desgracia, no sucede así en la sociedad: los ensayos se hacen sobre ella misma, sobre sus eternas bases, y entonces resultan gravísimos males, pero males que evidencian la debilidad de la ciencia del hombre. Es menester no olvidarlo: la ciencia, propiamente dicha, vale poco para la organización de las sociedades; y en los tiempos modernos, en que tan orgullosa se manifiesta por su pretendida fecundidad, será bien recordarle que atribuye á sus trabajos lo que es fruto del transcurso de los siglos, del sano instinto de los pueblos, y á veces de las inspiraciones de un genio: y ni el instinto de los pueblos, ni el genio, tienen nada de parecido á la ciencia.

Pero, dando de mano á esas consideraciones generales, siempre muy útiles, como que son tan conducentes para el conocimiento del hombre, ¿qué podía esperarse de la falsa vislumbre de ciencia que se conservaba sobre las ruinas de las antiguas escuelas, á la época de que hablamos? Escasos como eran en semejantes materias los conocimientos de los filósofos antiguos, aun de los más aventajados, no puede menos de confesarse que los nombres de Sócrates, de Platón, de Aristóteles, recuerdan algo de respetable; y que, en medio de desaciertos y aberraciones, ofrecen conceptos dignos de la elevación de sus genios. Pero, cuando apareció el Cristianismo, estaban sofocados los gérmenes del saber esparcidos por aquellos grandes hombres: los sueños habían ocupado el lugar de los pensamientos altos y fecundos; el prurito de disputar reemplazaba el amor de la sabiduría, y los sofismas y las cavilaciones se habían substituído á la madurez del juicio y á la severidad del raciocinio. Derribadas las antiguas escuelas, formadas de sus escombros otras, tan estériles como extrañas, brotaba por todas partes cuantioso número de sofistas, como aquellos insectos inmundos que anuncian la corrupción de un cadáver. La Iglesia nos ha conservado un dato preciosísimo para juzgar de la ciencia de aquellos tiempos: la historia de las primeras herejías. Si prescindimos de lo que en ellas indigna, cual es su profunda inmoralidad, ¿puede darse cosa más vacía, más insulsa, más digna de lástima?[14]

La legislación romana, tan recomendable por la justicia y equidad que entraña y por el tino y sabiduría con que resplandece, si bien puede contarse como uno de los más preciosos esmaltes de la civilización antigua, no era parte, sin embargo, á prevenir la disolución de que estaba amenazada la sociedad. Nunca debió ésta su salvación á jurisconsultos; porque obra tamaña no está en la esfera del influjo de la jurisprudencia. Que sean las leyes tan perfectas como se quiera, que la jurisprudencia se haya levantado al más alto punto de esplendor, que los jurisconsultos estén animados de los sentimientos más puros, que vayan guiados por las miras más rectas, ¿de qué servirá todo esto, si el corazón de la sociedad está corrompido, si los principios morales han perdido su fuerza, si las costumbres están en perpetua lucha con las leyes?

Ahí están los cuadros que de las costumbres romanas nos han dejado sus mismos historiadores, y véase si en ellos se encuentran retratadas la equidad, la justicia, el buen sentido, que han merecido á las leyes romanas el honroso dictado de razón escrita.

Como una prueba de imparcialidad, omito de propósito el notar los lunares de que no carece el derecho romano; no fuera que se me achacase que trato de rebajar todo aquello que no es obra del Cristianismo. No debe, sin embargo, pasarse por alto que no es verdad que al Cristianismo no le cupiese ninguna parte en la perfección de la jurisprudencia romana; no sólo con respecto al período de los emperadores cristianos, lo que no admite duda, sino también hablando de los anteriores. Es cierto que algún tiempo antes de la venida de Jesucristo era muy crecido el número de las leyes romanas, y que su estudio y arreglo llamaba la atención de los hombres más ilustres. Sabemos por Suetonio (in Caesa., c. 44) que Julio César se había propuesto la utilísima tarea de reducir á pocos libros lo más selecto y necesario que andaba desparramado en la inmensa abundancia de leyes; un pensamiento semejante había ocurrido á Cicerón, quien escribió un libro sobre la redacción metódica del derecho civil (De iure civili in arte dirigendo), como atestigua Gellio (Noct. Att., l. 1, c. 22); y, según nos dice Tácito (Ann., l. 3, c. 28), este trabajo había también ocupado la atención del emperador Augusto. Esos proyectos revelan ciertamente que la legislación no estaba en su infancia; pero no deja por ello de ser verdad que el derecho romano, tal como le tenemos, es casi todo un producto de siglos posteriores. Varios de los jurisconsultos más afamados, y cuyas sentencias forman una buena parte del derecho, vivían largo tiempo después de la venida de Jesucristo; y las constituciones de los emperadores llevan en su propio nombre el recuerdo de su época.