Por grande que fuese la importancia dada por la Iglesia á la propagación de la verdad, y por más convencida que estuviera de que, para disipar esa informe masa de inmoralidad y degradación que se ofrecía á su vista, el primer cuidado había de dirigirse á exponer el error al disolvente fuego de las doctrinas verdaderas, no se limitó á esto; sino que, descendiendo al terreno de los hechos, y siguiendo un sistema lleno de sabiduría y cordura, hizo de manera que la humanidad pudiese gustar el precioso fruto, que hasta en las cosas terrenas dan las doctrinas de Jesucristo. No fué la Iglesia sólo una escuela grande y fecunda, fué una asociación regeneradora; no esparció sus doctrinas generales arrojándolas como al acaso, con la esperanza de que fructificaran con el tiempo, sino que las desenvolvió en todas sus relaciones, las aplicó á todos los objetos, procuró inculcarlas á las costumbres y á las leyes, y realizarlas en instituciones que sirviesen de silenciosa, pero elocuente, enseñanza á las generaciones venideras. Veíase desconocida la dignidad del hombre, reinando por doquiera la esclavitud; degradada la mujer, ajándola la corrupción de costumbres y abatiéndola la tiranía del varón; adulteradas las relaciones de familia, concediendo la ley al padre unas facultades que jamás le dió la naturaleza; despreciados los sentimientos de humanidad en el abandono de la infancia, en el desamparo del pobre y del enfermo; llevadas al más alto punto la barbarie y la crueldad en el derecho atroz que regulaba los procedimientos de la guerra; veíase, por fin, coronando el edificio social, rodeada de satélites y cubierta de hierro, la odiosa tiranía, mirando con despreciador desdén á los infelices pueblos que yacían á sus plantas, amarrados con remachadas cadenas.

En tamaño conflicto no era pequeña empresa la de desterrar el error, reformar y suavizar las costumbres, abolir la esclavitud, corregir los vicios de la legislación, enfrenar el poder y harmonizarle con los intereses públicos, dar nueva vida al individuo, reorganizar la familia y la sociedad; y, sin embargo, esto, y nada menos que esto, ejecutó la Iglesia.

Empecemos por la esclavitud. Ésta es una materia que conviene profundizar, dado que encierra una de las cuestiones que más pueden excitar la curiosidad de la ciencia, é interesar los sentimientos del corazón. ¿Quién ha abolido entre los pueblos cristianos la esclavitud? ¿Fué el Cristianismo? ¿y fué él solo, con sus ideas grandiosas sobre la dignidad del hombre, con sus máximas y espíritu de fraternidad y caridad, y, además, con su conducta prudente, suave y benéfica? Me lisonjeo de poder manifestar que sí.

Ya no se encuentra quien ponga en duda que la Iglesia católica ha tenido una poderosa influencia en la abolición de la esclavitud; es una verdad demasiado clara, salta á los ojos con sobrada evidencia, para que sea posible combatirla. M. Guizot, reconociendo el empeño y la eficacia con que trabajó la Iglesia para la mejora del estado social, dice: «Nadie ignora con cuánta obstinación combatió los vicios de aquel estado, la esclavitud por ejemplo.» Pero á renglón seguido, y como si le pesase de asentar sin ninguna limitación un hecho que por necesidad había de excitar á favor de la Iglesia católica las simpatías de la humanidad entera, continúa: «Mil veces se ha dicho y repetido que la abolición de la esclavitud en los tiempos modernos, es debida enteramente á las máximas del Cristianismo. Esto es, á mi entender, adelantar demasiado: mucho tiempo subsistió la esclavitud en medio de la sociedad cristiana, sin que semejante estado la confundiese ó irritase mucho.» Muy errado anda M. Guizot, queriendo probar que no es debida exclusivamente al Cristianismo la abolición de la esclavitud, porque subsistiese tal estado por mucho tiempo en medio de la sociedad cristiana. Si se quería proceder con buena lógica, era necesario mirar antes si la abolición repentina de la esclavitud era posible; y si el espíritu de orden y de paz que anima á la Iglesia, podía permitir que se arrojase á una empresa, con la que hubiera trastornado el mundo, sin alcanzar el objeto que se proponía. El número de los esclavos era inmenso; la esclavitud estaba profundamente arraigada en las ideas, en las costumbres, en las leyes, en los intereses individuales y sociales: sistema funesto, sin duda, pero que era una temeridad pretender arrancarle de un golpe, pues que sus raíces penetraban muy hondo, se extendían á largo trecho debajo de las entrañas de la tierra.

Contáronse en un censo de Atenas veinte mil ciudadanos y cuarenta mil esclavos; en la guerra del Peloponeso se les pasaron á los enemigos nada menos que veinte mil, según refiere Tucídides. El mismo autor nos dice que en Chío era crecidísimo el número de los esclavos, y que la defección de éstos, pasándose á los atenienses, puso en apuros á sus dueños; y, en general, era tan grande su número en todas partes, que no pocas veces estaba en peligro por ellos la tranquilidad pública. Por esta causa era necesario tomar precauciones para que no pudieran concertarse. «Es muy conveniente, dice Platón (Diál. 6. De las leyes), que los esclavos no sean de un mismo país, y que, en cuanto fuere posible, sean discordes sus costumbres y voluntades, pues que repetidas experiencias han enseñado en las frecuentes defecciones que se han visto entre los mesenios, y en las demás ciudades que tienen muchos esclavos de una misma lengua, cuántos daños suelen de esto resultar.»

Aristóteles en su Economía (1. 1, c. 5) da varias reglas sobre el modo con que deben tratarse los esclavos, y es notable que coincide con Platón, advirtiendo expresamente: «que no se han de tener muchos esclavos de un mismo país». En su Política (l. 2, c. 7) nos dice que los tesalios se vieron en graves apuros por la muchedumbre de sus penestas, especie de esclavos; aconteciendo lo propio á los lacedemonios, de parte de los ilotas. «Con frecuencia ha sucedido, dice, que los penestas se han sublevado en Tesalia; y los lacedemonios, siempre que han sufrido alguna calamidad, se han visto amenazados por las conspiraciones de los ilotas.» Ésta era una dificultad que llamaba seriamente la atención de los políticos, y no sabían cómo salvar los inconvenientes que consigo traía esa inmensa muchedumbre de esclavos. Laméntase Aristóteles de cuán difícil era acertar en el verdadero modo de tratarlos, y se conoce que era ésta una materia que daba mucho cuidado. Transcribiré sus propias palabras: «Á la verdad, que el modo con que se debe tratar á esa clase de hombres es tarea trabajosa y llena de cuidados: porque, si se usa de blandura, se hacen petulantes y quieren igualarse con los dueños: y, si se los trata con dureza, conciben odio y maquinan asechanzas.»

En Roma era tal la multitud de esclavos, que, habiéndose propuesto el darles un traje distintivo, se opuso á esta medida el Senado, temeroso de que, si ellos llegaban á conocer su número, peligrase el orden público: y á buen seguro que no eran vanos semejantes temores, pues que ya de mucho antes habían los esclavos causado considerables trastornos en Italia. Platón, para apoyar el consejo arriba citado, recuerda que «los esclavos repetidas veces habían devastado la Italia con la piratería y el latrocinio»; y en tiempos más recientes, Espartaco, á la cabeza de un ejército de esclavos, fué por algún tiempo el terror de Italia, y dió mucho que entender á distinguidos generales romanos.

Había llegado á tal exceso en Roma el número de los esclavos, que muchos dueños los tenían á centenares. Cuando fué asesinado el prefecto de Roma Pedanio Secundo, fueron sentenciados á muerte 400 esclavos suyos (Tácit., Ann., l. 14); y Pudentila, mujer de Apuleyo, los tenía en tal abundancia, que dió á sus hijos nada menos que 400. Esto había llegado á ser un objeto de lujo, y á competencia se esforzaban los romanos en distinguirse por el número de sus esclavos. Querían que, al hacerse la pregunta de Quot pascit servos, cuántos esclavos mantiene, según expresión de Juvenal (Satyr. 3, v. 140), pudiesen ostentarlos en grande abundancia; llegando la cosa á tal extremo, que, según nos asegura Plinio, más bien que al séquito de una familia, se parecían á un verdadero ejército.

No era solamente en Grecia é Italia donde era tan crecido el número de los esclavos; en Tiro se sublevaron contra sus dueños, y, favorecidos por su inmenso número, lo hicieron con tal resultado, que los degollaron á todos. Pasando á pueblos bárbaros, y prescindiendo de otros más conocidos, nos refiere Herodoto (lib. 3) que, volviendo de la Media, los escitas se encontraron con los esclavos sublevados, viéndose forzados los dueños á cederles el terreno, abandonando su patria; y César en sus comentarios (De Bello Gall., lib. 6) nos atestigua lo abundantes que eran los esclavos en la Galia.