Mucho se ha encarecido ya el espíritu de amor y fraternidad que anima al Cristianismo; y esto basta para convencer de que debió de ser grande la influencia que tuvo en la grande obra de que estamos hablando. Pero quizás no se ha explorado bastante todavía cuáles son los medios positivos, prácticos, digámoslo así, de que echó mano para conseguir su objeto. Al través de la obscuridad de los siglos, en tanta complicación y variedad de circunstancias, ¿será posible rastrear algunos hechos que sean como las huellas que indiquen el camino seguido por la Iglesia católica para libertar á una inmensa porción del linaje humano de la esclavitud en que gemía? ¿Será posible decir algo más que algunos encomios generales de la caridad cristiana? ¿Será posible señalar un plan, un sistema, y probar su existencia y desarrollo, apoyándose, no precisamente en expresiones sueltas, en pensamientos altos, en sentimientos generosos, en acciones aisladas de algunos hombres ilustres, sino en hechos positivos, en documentos históricos, que manifiesten cuál era el espíritu y la tendencia del mismo cuerpo de la Iglesia? Creo que sí: y no dudo que me sacará airoso en la empresa lo que puede haber de más convincente y decisivo en la materia, á saber: los monumentos de la legislación eclesiástica.

Y ante todo no será fuera del caso recordar lo que se lleva ya indicado anteriormente: que, cuando se trata de conducta, de designios, de tendencias, con respecto á la Iglesia, no es necesario suponer que esos designios cupieran en toda su extensión en la mente de ningún individuo en particular, ni que todo el mérito y efecto de semejante conducta fuesen bien comprendidos por ninguno de los que en ella intervenían: y aun puede decirse que no es necesario suponer que los primeros cristianos conociesen toda la fuerza de las tendencias del Cristianismo con respecto á la abolición de la esclavitud. Lo que conviene manifestar es que se obtuvo el resultado por las doctrinas y la conducta de la Iglesia; pues que entre los católicos, si bien se estiman los méritos y el grandor de los individuos en lo que valen, no obstante, cuando se habla de la Iglesia, desaparecen los individuos; sus pensamientos y su voluntad son nada, porque el espíritu que anima, que vivifica y dirige á la Iglesia, no es el espíritu del hombre, sino el Espíritu del mismo Dios. Los que no pertenezcan á nuestra creencia, echarán mano de otros nombres; pero estaremos conformes, cuando menos, en que, mirados los hechos de esta manera, elevados sobre el pensamiento y voluntad del individuo, conservan mucho mejor sus verdaderas dimensiones, y no se quebranta en el estudio de la historia la inmensa cadena de los sucesos. Dígase que la conducta de la Iglesia fué inspirada y dirigida por Dios, ó bien que fué hija de un instinto, que fué el desarrollo de una te tendencia entrañada por sus doctrinas; empléense estas ó aquellas expresiones, hablando como católico ó como filósofo: en esto no es menester detenerse ahora; que lo que conviene manifestar es que ese instinto fué generoso y atinado, que esa tendencia se dirigía á un grande objeto y que lo alcanzó.

Lo primero que hizo el Cristianismo con respecto á los esclavos, fué disipar los errores que se oponían, no sólo á su emancipación universal, sino hasta á la mejora de su estado; es decir, que la primera fuerza que desplegó en el ataque fué, según tiene de costumbre, la fuerza de las ideas. Era este primer paso tanto más necesario para curar el mal, cuanto acontecía en él lo que suele suceder en todos los males, que andan siempre acompañados de algún error, que, ó los produce, ó los fomenta. Había no sólo la opresión, la degradación de una gran parte de la humanidad; sino que estaba muy acreditada una opinión errónea, que procuraba humillar más y más á esa parte de la humanidad. La raza de los esclavos era, según dicha opinión, una raza vil, que no se levantaba ni de mucho al nivel de la de los hombres libres: era una raza degradada por el mismo Júpiter, marcada con un sello humillante por la naturaleza misma, destinada ya de antemano á ese estado de abyección y vileza. Doctrina ruin sin duda, desmentida por la naturaleza humana, por la historia, por la experiencia, pero que no dejaba por esto de contar distinguidos defensores, y que, con ultraje de la humanidad y escándalo de la razón, la vemos proclamar por largos siglos, hasta que el Cristianismo vino á disiparla, tomando á su cargo la vindicación de los derechos del hombre.

Homero nos dice (Odis., 17) que «Júpiter quitó la mitad de la mente á los esclavos». En Platón encontramos el rastro de la misma doctrina, pues que, si bien en boca de otros, como acostumbra, no deja, sin embargo, de aventurar lo siguiente: «Se dice que en el ánimo de los esclavos nada hay de sano ni entero, y que un hombre prudente no debe fiarse de esa casta de hombres, cosa que atestigua también el más sabio de nuestros poetas; citando en seguida el pasaje de Homero, arriba indicado (Plat., l. de las Leyes.) Pero donde se encuentra esa degradante doctrina en toda su negrura y desnudez, es en la Política de Aristóteles. No ha faltado quien ha querido defenderle, pero en vano; porque sus propias palabras le condenan sin remedio. Explicando en el primer capítulo de su obra la constitución de la familia, y proponiéndose fijar las relaciones entre el marido y la mujer, y entre el señor y el esclavo, asienta que, así como la hembra es naturalmente diferente del varón, así el esclavo es diferente del dueño; he aquí sus palabras: «y así la hembra y el esclavo son distinguidos por la misma naturaleza.» Esta expresión no se le escapó al filósofo, sino que la dijo con pleno conocimiento, y no es otra cosa que el compendio de su teoría. En el capítulo 3 continúa analizando los elementos que componen la familia y, después de asentar que «una familia perfecta consta de libres y de esclavos», se fija en particular sobre los últimos, y empieza combatiendo una opinión que parecía favorecerles demasiado. «Hay algunos, dice, que piensan que la esclavitud es cosa fuera del orden de la naturaleza; pues que sólo viene de la ley el ser éste esclavo y aquél libre, ya que por la naturaleza en nada se distinguen.» Antes de rebatir esta opinión, explica las relaciones del dueño y del esclavo, valiéndose de la semejanza del artífice y del instrumento, y también del alma y del cuerpo, y continúa: «Si se comparan el macho y la hembra, aquél es superior y por esto manda, ésta inferior y por esto obedece, y lo propio ha de suceder en todos los hombres; y así aquellos que son tan inferiores cuanto lo es el cuerpo respecto del alma, y el bruto respecto del hombre, y cuyas facultades consisten principalmente en el uso del cuerpo, siendo este uso el mayor provecho que de ellos se saca, éstos son esclavos por naturaleza. Á primera vista podría parecer que el filósofo habla solamente de los fatuos, pues así parecen indicarlo sus palabras; pero veremos en seguida por el contexto que no es tal su intención. Salta á la vista que, si hablara de los fatuos, nada probaría contra la opinión que se propone impugnar, siendo el número de éstos tan escaso, que es nada en comparación de la generalidad de los hombres: además que, si á los fatuos quisiera ceñirse, ¿de qué sirviera su teoría, fundada únicamente en una excepción monstruosa y muy rara?

Pero no necesitamos andarnos en conjeturas sobre la verdadera mente del filósofo; él mismo cuida de explicárnosla, revelándonos, al propio tiempo, el por qué se había valido de expresiones tan fuertes, que parecían sacar la cuestión de su quicio. Nada menos se propone que atribuir á la naturaleza el expreso designio de producir hombres de dos clases: unos nacidos para la libertad, otros para la esclavitud. El pasaje es demasiado importante y curioso para que podamos dejar de copiarle. Dice así: «Bien quiere la naturaleza procrear diferentes los cuerpos de los libres y los de los esclavos: de manera que los de éstos sean robustos, y á propósito para los usos necesarios, y los de aquéllos bien formados, inútiles sí para trabajos serviles, pero acomodados para la vida civil, que consiste en el manejo de los negocios de la guerra y de la paz; pero muchas veces sucede lo contrario, y á unos les cabe cuerpo de esclavo y á otros alma de libre. No hay duda que, si en el cuerpo se aventajasen tanto algunos como las imágenes de los dioses, todo el mundo sería de parecer que debieran servirlos aquellos que no hubiesen alcanzado tanta gallardía. Si esto es verdad hablando del cuerpo, mucho más lo es hablando del alma; bien que no es tan fácil ver la hermosura de ésta como la de aquél; y así no puede dudarse que hay algunos hombres nacidos para la libertad, así como hay otros nacidos para la esclavitud: esclavitud que, á más de ser útil á los mismos esclavos, es también justa

¡Miserable filosofía! que para sostener un estado degradante necesitaba apelar á tamañas cavilaciones, achacando á la naturaleza la intención de procrear diferentes castas, nacidas las unas para dominar, las otras para servir: ¡filosofía cruel! la que así procuraba quebrantar los lazos de fraternidad con que el Autor de la naturaleza ha querido vincular al humano linaje, que así se empeñaba en levantar una barrera entre hombre y hombre, que así ideaba teorías para sostener la desigualdad; y no aquella desigualdad que resulta necesariamente de toda organización social, sino una desigualdad tan terrible y degradante cual es la de la esclavitud.

Levanta el Cristianismo la voz, y en las primeras palabras que pronuncia sobre los esclavos los declara iguales en dignidad de naturaleza á los demás hombres: iguales también en la participación de las gracias que el Espíritu Divino va á derramar sobre la tierra. Es notable el cuidado con que insiste sobre este punto el apóstol San Pablo: no parece sino que tenía á la vista las degradantes diferencias que por un funesto olvido de la dignidad del hombre se querían señalar: nunca se olvida de inculcar la nulidad de la diferencia del esclavo y del libre. «Todos hemos sido bautizados en un espíritu, para formar un mismo cuerpo, judíos ó gentiles, esclavos ó libres.» (I ad Cor., c. 12, v. 13.) «Todos sois hijos de Dios por la fe que es Cristo Jesús. Cualesquiera que habéis sido bautizados en Cristo, os habéis revestido de Cristo: no hay judío ni griego, no hay esclavo ni libre, no hay macho ni hembra: pues todos sois uno en Jesucristo.» (Ad Gal., c. 3, v. 26, 27, 28.) «Donde no hay gentil ni judío, circunciso é incircunciso, bárbaro y escita, esclavo y libre, sino todo y en todos Cristo.» (Ad Coloss., c. 3, v. 11.)

Parece que el corazón se ensancha al oir proclamar en alta voz esos grandes principios de fraternidad y de santa igualdad; cuando acabamos de oir á los oráculos del paganismo ideando doctrinas para abatir más y más á los desgraciados esclavos, parece que despertamos de un sueño angustioso, y nos encontramos con la luz del día, en medio de una realidad halagüeña. La imaginación se complace en mirar á tantos millones de hombres que, encorvados bajo el peso de la degradación y de la ignominia, levantan sus ojos al cielo, y exhalan un suspiro de esperanza.

Aconteció con esta enseñanza del Cristianismo lo que acontece con todas las doctrinas generosas y fecundas: penetran hasta el corazón de la sociedad, quedan allí depositadas como un germen precioso y, desenvueltas con el tiempo, producen un árbol inmenso que cobija bajo su sombra las familias y las naciones. Como esparcidas entre hombres, no pudieron tampoco librarse de que se las interpretase mal, y se las exagerase; y no faltaron algunos que pretendieron que la libertad cristiana era la proclamación de la libertad universal. Al resonar á los oídos de los esclavos las dulces palabras del Cristianismo, al oir que se los declaraba hijos de Dios y hermanos de Jesucristo, al ver que no se hacía distinción alguna entre ellos y sus amos, ni aun los más poderosos señores de la tierra, no ha de parecer tampoco muy extraño que hombres acostumbrados solamente á las cadenas, al trabajo y á todo linaje de pena y envilecimiento, exagerasen los principios de la doctrina cristiana, é hiciesen de ella aplicaciones, que ni eran en sí justas, ni tampoco capaces de ser reducidas á la práctica.