[240.] Hasta aquí he hablado refiriéndome á la posibilidad intrínseca, de las cosas; ¿qué pensaremos de la realidad? esta es una cuestion de hecho que solo puede resolverse con datos suministrados por la experiencia, y estos datos nos faltan: porque no estamos en inmediata comunicacion, ni con las almas separadas, ni con los espíritus puros.

[241.] Si quisiéramos buscar alguna razon para negar al alma todas las facultades sensitivas, tan pronto como esté separada del cuerpo, é igualmente á todos los espíritus puros, podríamos encontrarla, mas bien que en la esencia de las cosas, en consideraciones sobre el fin á que estas facultades se destinan. El alma, mientras está unida al cuerpo, preside á una organizacion sometida á las leyes generales del universo corpóreo. Para ejercer sus funciones de la manera conveniente, es necesario que esté en incesante comunicacion con su propio cuerpo y con los que le rodean, teniendo la intuicion sensible de las relaciones corpóreas, siendo avisada por el dolor de cualquier desórden que en su cuerpo ocurra, y guiándose por el sentimiento del placer, como por un instinto que dirigido y templado por la razon, puede indicarle lo provechoso ó lo necesario. Cuando el alma no está unido al cuerpo, no hay motivo para que tenga ninguna de esas afecciones, no habiéndolas menester para dirigirse en sus actos: y como esta razon militaria con respecto á todos los espíritus puros, se puede conjeturar la causa de la diferencia que debiera haber entre el estado de nuestra alma en esta vida, y el de los seres espirituales no unidos á ningun cuerpo.

[242.] Este argumento, tomado del fin de las cosas, no puede considerarse como una prueba; no tiene mas valor que el de una conjetura: porque no sabiendo hasta qué punto el alma separada y los espíritus puros, podrán estar en relaciones con algunos cuerpos, ignoramos tambien si estas afecciones sensibles podrian serles necesarias ó útiles para fines que están fuera de nuestro alcance. Además, aun suponiendo que ni el alma separada ni los espíritus puros, no tuviesen relacion alguna con ningun cuerpo, tampoco podríamos afirmar con entera seguridad que las afecciones sensibles les fuesen inútiles; por el contrario, en cuanto nosotros podemos alcanzar, parece que despojar al alma de su imaginacion y de sus sentimientos, es quitarle dos bellísimas facultades, que á mas de auxiliar su entendimiento, son un móvil poderoso en muchos de sus actos.

Tenemos alguna dificultad en formarnos idea del dolor ni del placer, sino mediando afecciones de sentimiento. En la voluntad del órden puramente intelectual, concebimos el querer ó el no querer: actos de relacion simplicísima, que no nos significan afeccion placentera ó ingrata. Muchas veces nos acontece querer una cosa, y no obstante experimentar gran disgusto en ella: y por el contrario, nos sucede muy á menudo que sentimos un placer en aquello que no queremos. Luego el querer y el no querer, por sí solos, y mientras estamos en esta vida, no implican placer ó disgusto, son independientes de estas afecciones, y pueden estar en oposicion con ellas.

[243.] Se podria observar que esta discordancia proviene de que las facultades sensibles se hallan en desacuerdo con las intelectuales; esto, aunque sea mucha verdad, no se opone á lo que estamos diciendo. Siempre es indudable que la voluntad del órden intelectual, cuando está en oposicion con las afecciones sensibles, no envuelve placer, ni destruye el disgusto; triunfa es verdad, en fuerza de su libre albedrío, pero su triunfo se parece al de un dueño que obligado á recabar obediencia con prescripciones severas, experimenta disgusto, al propio tiempo que consigue la ejecucion de sus mandatos. ¿Quién sabe pues, si la voluntad, aun despues de esta vida, andará acompañada de afecciones semejantes á las que ahora siente, bien que depuradas de la parte grosera que mezcla en las mismas, el cuerpo que agrava el alma? No parece que haya en esto ninguna repugnancia intrínseca; y si las cuestiones filosóficas pudiesen resolverse por sentimiento, me atreveria á conjeturar que ese bello conjunto de facultades que llamamos corazon, no desciende al sepulcro, sino que vuela con el alma á las regiones inmortales.

[244.] Tocante á la imaginacion, á esa facultad misteriosa, que á mas de representarnos el mundo real, posee una fecundidad inagotable para crearse otros nuevos, desplegando á los ojos del alma ricos y esplendentes panoramas, tampoco parece que pudiera desdorar á un alma separada del cuerpo. Las inefables armonías que hemos de suponer en la naturaleza ¿por qué no podrian ser percibidas de un modo sensible? Guardémonos de aventurar proposiciones sobre arcanos que nos son desconocidos: pero guardémonos tambien de señalar lindes á la Omnipotencia, llamando imposible lo que á los ojos de una sana filosofía, está en el órden de la posibilidad.

CAPÍTULO XXXII.

POSIBILIDAD DE LA PENETRACION DE LOS CUERPOS.

[245.] Cuanto mas se medita sobre el mundo corpóreo, mas se descubre la contingencia de muchas de sus relaciones; y por consiguiente, la necesidad de recurrir á una causa superior que las haya establecido. Hasta las propiedades que nos parecen mas absolutas, dejan de serlo cuando se las somete al exámen de la razon. ¿Qué cosa mas necesaria que la impenetrabilidad? Y sin embargo, desde el momento que se la analiza severamente, se la encuentra reducida á un hecho de experiencia, que no se funda en la íntima naturaleza de los objetos, y que por lo mismo puede existir ó dejar de existir, sin ninguna contradiccion.

[246.] La impenetrabilidad, es aquella propiedad de los cuerpos, por la cual no pueden estar juntos en un mismo lugar. Para todos los que no hacen del espacio puro una realidad independiente de los cuerpos, esta definicion no significa nada: pues que si el lugar como espacio puro, no es nada, hablar de un lugar mismo, con abstraccion de los cuerpos, es hablar de nada. Luego, la impenetrabilidad no puede ser otra cosa que cierta relacion, ó de los cuerpos ó de las ideas.