Fuerza es holgar, «pegarle al cimarrón» y contar cuentos, haciendo rabiar de despecho al temporal.

Cierto invierno se desencadenó uno de éstos—allá por el litoral uruguayo de Corrientes—tan singularmente obstinado, que la peonada numerosa de la estancia del Urunday, en Monte Caseros, había agotado el repertorio; y ya ahitos de agua verde, maíz asado y tortas fritas, se aburrían, bostezando hasta «descoyuntarse las quijadas», cuando don Ponciano propuso:

—Que cada uno 'e nosotros cuente su propia historia.

—¡Linda idea!—apoyó uno; y Juan José adhirió diciendo:

—¡Me gusta!... y si permiten, punteo yo.

—Dale guasca, no más.

—Güeno—comenzó el narrador;—aunque no tengo más que veinticinco años...

—Sin contar los que mamaste y anduviste a gatas—interrumpió Toribio, motivando una réplica violenta de Juan José:

—¡Si quieren oir, oigan! y si no, que enfrene y largue otro, que ni el mejor parejero corre cuando se l'enrieda un cuzco en las manos...

—Tenés razón: seguí viaje.