—...nunca tuve suerte, y pal juego menos entuavía. Pa l´único que juí afortunado jué pa las mujeres. En los bailes se me solían amontonar las novias como tropilla, y en más de una ocasión me vide negro pa desenredarme en el entrevero...
—¡Vamos mintiendo!...
—...Pero de tuitas, a la única que quise de verdá jué a Marculina Paz y se murió cinco días antes del señalao pal casorio...
—¡Qui en paz descanse!...
—Y dende ese día...
El narrador continuó enhebrando lástimas, y cuando hubo terminado, otro entró en liza, y luego otro, hasta quedar solamente «Yacaré», un correntino taciturno,—más que taciturno, impasible,—capaz de pasarse dos días sin desplegar los labios, de los cuales nunca nadie oyó una expresión de alegría ni de pena, de contento ni de desagrado.
Y como no diese indicios de tomar parte en el torneo, don Ponciano lo espoloenó:
—¡A ver, «Yacaré», contá vos también tu historia!...
Tras varios minutos de silencio, el correntino, con la vista baja, siguiendo las líneas de las arabescas que dibujaba en la ceniza el dedo gordo de su pie derecho, respondió:
—Io no tengo historia.