Sentado junto al piano, algo atrás de Juno, escuchaba con gravedad, sin cesar de mirarla. Aquella impresión seria no le sentaba, y hubiera podido decirse, que estaba aburrido. Me confirmé en esta opinión, observando que trataba de ahogar algunos intempestivos bostecillos. Entonces fue cuando me acordé de pronto, de la satisfacción que yo sentía siempre que él tocaba sus valses y sus danzas. Comprendí que no me gustaba la música sino el músico, y que a él le pasaba lo mismo respecto de Blanca. No se le daba un bledo de Beethoven; pero estaba enamorado de Blanca, y hasta las cosas que le eran antipáticas le gustaban en la mujer amada.
Juno terminó su horrible sonata, y Pablo dijo en un arranque de entusiasmo, cuyo oculto motivo comprendí:
—¡Qué genial ese Beethoven! Y vos, prima, lo interpretáis maravillosamente.
—¡Pues lo que es vos, Pablo, habéis bostezado y bien!—exclamé poniéndome de pie tan bruscamente, que los jugadores de ajedrez, lanzaron un gruñido furibundo.
—Creo que dormías, Reina.
—No, no dormía, y te aseguro que Pablo ha bostezado mientras tú interpretabas tu maldito Beethoven.
—Reina detesta tanto la música, que atribuye a los demás, sus propias impresiones.
—¡Buenos descubrimientos me obligan a hacer mis propias impresiones!—respondí con voz temblona.
—¿Qué te pasa, Reina? Has de estar de mal humor porque no has dormido anoche.
—No estoy de mal humor, Juno, pero detesto la hipocresía, y repito y sostengo y sostendré hasta la muerte que Pablo ha bostezado que era un gusto.