—¡Ah, mi cura—le respondía con toda seriedad,—no sabéis lo que es el amor!
—Créeme, Reina, con un poco de buena voluntad olvidarás y te sobrepondrás fácilmente a esta prueba. Eres tan joven.
Tan joven... Este era su estribillo. ¿No se sufre lo mismo a los diez y seis años como a cualquiera otra edad? Estos ancianos son incomprensibles.
Yo, por mi parte, le contestaba meneando la cabeza:
—¡No comprendéis, mi cura, no comprendéis!
Al día siguiente, mientras nos paseábamos por el jardín, le dije:
—Señor cura, esta noche he concebido una idea.
—Veamos la idea, hijita.
—Tengo ganas de que seáis cura del Pavol.
—No se puede quitar a otro su puesto, Reina.