¡Oh, qué excelente hombre era mi cura!

Venía a casa tres veces por semana, pues en un arranque de celo, cargó con la obligación de atascar mi cerebro con cuanta ciencia le era conocida.

Y continuó en su empeño con perseverancia, por más que yo ejercitaba su paciencia. No porque tuviese la cabeza dura, no: aprendía con facilidad. Pero la pereza era mi pecado favorito; la amaba y la mimaba a despecho de los derroches de elocuencia del cura y de sus múltiples esfuerzos para extirpar de mi alma esa planta maléfica.

Además, y esto era lo más grave, la facultad de raciocinar se desarrolló en mi rápidamente. Entraba en discusiones que le volvían loco, y me permitía apreciaciones que a menudo chocaban y herían sus más caras opiniones.

Contrariarle, fastidiarle, rebatirle sus ideas, sus gustos y sus afirmaciones, era para mi un placer inmenso. Me hizo arder la sangre y me avivaba el ingenio. Creo que él experimentaba la misma sensación, y que lo hubiera desolado perdiendo mis hábitos ergotistas y la independencia de mis ideas.

Mas yo no pensaba semejante cosa, porque llegaba al colmo de la satisfacción, cuando le veía agitarse en la silla, desgreñarse los cabellos con desesperación, y embadurnarse la nariz con rapé, olvidándose de todas las reglas del aseo, olvido que no se producía sino en los casos serios.

Con todo, si hubiese sido por él solo, creo que hubiera resistido muchas veces al demonio tentador. Mi tía había tomado la costumbre de asistir a las lecciones, aunque no comprendiese nada y bostezara diez veces por hora.

Ahora bien, la contradicción, aunque no fuera dirigida a ella, le causaba furor: furor tanto más grande, cuanto que no se atrevía a decir nada delante del cura.

Por otra parte, el verme discutir le parecía una monstruosidad en el orden físico y moral. Así es que yo nunca la emprendía directamente con ella, porque era bruta y yo tenía miedo que me pegara. Por último, mi voz, dulce y musical no obstante (de lo que me jacto), producía sobre sus nervios auditivos un efecto desastroso.

Con todo lo dicho, se comprenderá que me fuese imposible, absolutamente imposible, dejar de poner en obra mi malicia, para hacer rabiar a mi tía y atormentar a mi cura.