A fuerza de economías, encontrose al fin el cura con doscientos francos en su poder. Y entonces resolvió realizar su sueño del modo que pudiera.
Una mañana le vi llegar fuera de sí.
—Mi Reinita, ven, ven conmigo—exclamó.
—¿A dónde, señor cura?
—A la iglesia; ven pronto.
—Pero a estas horas no hay misa.
—Ya lo sé; pero quiero que veas algo espléndido.
Tenía un aspecto tan radiante, su dulce fisonomía respiraba tal contento, que todavía me río al recordarlo, y su júbilo es para mi uno de los mejores recuerdos de aquel tiempo.
No caminaba: volaba, y llegamos en un soplo a la iglesia. Acabábase de colocar el púlpito, y el cura, en éxtasis ante él, me dijo en baja voz:
—¡Mira Reinita, mira! ¿No es una feliz ocurrencia? Al fin poseemos un púlpito. No tiene aspecto muy sólido, pero sin embargo es bastante bueno. He realizado el sueño de mi vida. Nunca se debe desesperar de nada, hijita, nunca.