El cura sacudía la cabeza con aire satisfecho, tomaba rapé con entusiasmo y repetía en todos los tonos:

—¡Bien, muy bien!

Durante todo este tiempo entreteníame yo en contar las manchas de su sotana y en imaginarme lo que parecería con peluca negra, calzón corto y casaca de terciopelo rojo, como la que mi tío abuelo ostentaba en su retrato.

La idea del cura en trusas y de peluca era tan chistosa, que me hacía reír a carcajadas.

Entonces, exclamaba mi tía:

—¡Tonta, bobeta!

Y algunas otras lindezas por el estilo, que tenían el privilegio de ser tan parlamentarias como explícitas.

El cura me miraba sonriendo y repetía dos o tres veces:

—¡Ah juventud! ¡hermosa juventud!

Y un recuerdo retrospectivo de sus quince años le hacía esbozar un suspiro.