Hablaba, no con exceso, pero sí con amplia medida: resultó silencioso.

Su sonrisa era franca y espontánea: su sonrisa resultó amarga: las dos comisuras de la boca se le cayeron con caída trágica, como si huyesen de todo regocijo.

En suma, que don Trinidad se transformó.

Para los amigos no tuvo más que frases de desdén o réplicas punzantes, y, naturalmente, se fué quedando sin amigos: desde entonces siempre fué solo.

Antes se le veía en teatros, paseos y reuniones; después no se le vió ni era fácil que se le viese, porque se quedaba en casa. Pero en su casa, también solo; porque don Trinidad nunca tuvo parientes, circunstancia que hace más inexplicable su muerte repentina.

Durante un mes no vió más que a su novia, y como los anteojos de color dan a la fisonomía cierto carácter ridículo, convierten la cara humana en cara de lechuza, y él tenía interés en que su amada le viese los ojos siempre al natural, nunca se puso para mirarla los anteojos de color.

Pero un día, no se sabe por qué razón, se los puso: la chica le encontró muy raro y se echó a reir. Pues se ofendió tanto don Trinidad, que, después de mirarla fijamente, dió media vuelta, se fué a su casa y rompió para siempre con Rosario.

Por cierto que a poco más se muere del disgusto la pobre Rosario.

Algunos días después se encontraron a don Trinidad muerto.

Estaba junto a la mesa de su despacho; había escrito unas cuartillas, los anteojos de color estaban rotos, hechos añicos; se sospechó que los había roto de un puñetazo, porque tenía ensangrentado el puño.