Se ve a la voluntad ir tropezando como borracha en una y otra celdilla, cayendo aquí, mal levantándose allá, enredándose más lejos en no sé qué red de conexiones y volviendo a caer otra vez: casi siempre va a rastras.
¡Todo, todo se ve! ¡Qué admirable! ¡Qué invención tan prodigiosa!
¡Cuánta miseria, cuánta vanidad, cuánta estupidez humana en ese libro blanco y gris con red sanguinolenta!
No: realmente es un espectáculo muy divertido ver un cráneo por dentro. Y alguna vez ya suelen verse relámpagos de luz; alguna idea hermosa, algún sentimiento noble... ¡pero ay qué pocos!
¡Divertido, muy divertido! ¡Para mí no hay secretos!
Y siguen varias cuartillas, todas tachadas; sólo se leen palabras sueltas.
¡Desengaño!... ¡dolor!... ¡buen amigo!... ¿Quién lo pensara?... ¡Y yo que creí que ese hombre era un imbécil y un tunante!... ¡Mal día!... ¡Ni uno!... ¡Doloroso!... ¡Muy doloroso!... ¡Ay, Dios mío!... ¡Dios mío!...
Al fin el pobre loco coordinaba algo más sus ideas y había párrafos seguidos.
Esta observación profunda de la humanidad por dentro, cuando se trata de personas indiferentes, es muy interesante, y muy curiosa, y muy divertida.
Pero cuando se trata de seres a los cuales algún afecto nos liga, es cruel, muy cruel; es desconsoladora; es infernal. ¡Ah! ¡El maldito viejo! ¿Por qué el descarrilamiento y el choque no lo aplastaron del todo y de una vez, sin darle tiempo para este horrible legado!... ¡Ay! ¡Los anteojos, los anteojos de color!