Aquí se encuentran muchas líneas tachadas.
Luego algunos borrones; luego algunas manchas como de lágrimas.
Y un párrafo final: claro, distinto, casi solemne, y frío, muy frío.
Ya lo sé; ya sé a quién pertenecía aquel cerebro.
Ayer lo vi por duplicado.
Paseaba por mi sala, llevaba puestos los anteojos de color y me asomé a un espejo.
Y me vi en él. Me vi dos veces.
Una, en el espejo directamente: era imagen viva y distinta: el espejo era bueno.
Otra, en la imagen indecisa. Es natural; mi cerebro se reflejaba en la parte interior de mis anteojos, y del otro lado, proyectada en el espacio, aparecía en imagen borrosa e incompleta.
Ya me conozco: no tengo derecho ni curiosidad para ver a los otros hombres; y yo no quiero verme ya nunca más.