—¡¡Leonor!!

—¡Lo teme mi corazón enamorado! Te estás ya refocilando con la más impura de las liviandades!

—¡¡Xantipa!!, digo, ¡Leonor, ven conmigo a la ciudad... que Dios confunda!

—¡Yo! ¿Ir yo a ese antro donde tiene su nido la lujuria? ¡Jamás! ¡Allí no pueden ir más que los lascivos y perjuros como tú!

—¡Doña Leonor! ¡Por los clavos de Cristo Nuestro Señor!—y don Rodrigo alzó los ojos a un crucifijo de Berruguete el joven, que, frente a los esposos, mostraba sus carnes flácidas y amarillentas de martirio—y miró al Crucificado como los mártires del Coloseo la imagen espantosa de la muerte en su trágica agonía... cayendo de rodillas, como si realmente fuera culpable de un pecado, cuyas delicias no había gozado aún.

Viéndole humillado, mudo, traspuesto y de hinojos a los pies de la divina escultura, salió la dama, cerrando de golpe la puerta de la cámara y vociferando descompuesta:

—¡Reza y esconde la lascivia que te sale a los ojos! ¡Miserable!

Con un sollozo respondió el caballero, evocando su vida de teólogo «in partibus», tendiendo sus manos al impasible Cristo:

—¡Perdónala, Señor! ¡No sabe lo que se dice! ¡Los celos han transformado a mi señora doña Leonor en... la propia Xantipa, en la verdugo de Sócrates, que resucita en Tordesillas!

IV